Bum, bum, bum. La explosión retumbó en la boca de
un hombre, una explosión capaz de derribar una edificación. Él, un viandante cualquiera
de la ciudad de Caracas,
así como otros, relataba lo vivido aquella madrugada
del 3 de enero, cuando misiles lanzados por aviones estadounidenses atacaron
guarniciones militares y otros espacios adyacentes en Caracas, Miranda, La
Guaira y Aragua, dejando una lamentable cantidad de heridos y muertos.
Cada bomba que caía era un segundo suspendido en el
tiempo. Fueron casi dos horas de intemperie para Venezuela, bajo un cielo
teñido de naranja quemado por la primera luna llena del año 2026. El ataque se
convirtió también en espectro: una voz maliciosa que se instaló en las mentes
de muchos y que se exteriorizaba en la conversación y las acciones.
Al amanecer, los ojos de la gente parecían platos,
revisando Whatsapp y otras redes, aguardando una cadena reenviada, parte de la
marejada de hiperinformación. Sin electricidad ni señal en muchos hogares, muchas
pantallas no se iluminaron.
En mi casa recurrimos a la radio: solo se
escuchaban emisoras comunitarias, mientras la música aún arrastraba el eco
festivo de diciembre. Reinaba un silencio incómodo en la calle que veía
desde la ventana, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, me estremeció
que, tras largos discursos de analistas y sin comprender aún lo sucedido, un
locutor pronunciara un hashtag que revelaba la situación: el secuestro
del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores.
Desde entonces supe que las horas siguientes no
serían normales. No salí de casa, pero la calle estaba más que tranquila:
vacía. Pero vi algunas personas cargando bolsas de comida. Al día siguiente,
domingo 4, los mercados eran un hervidero: la gente compraba todo lo que
encontraba. Colas interminables rodeaban las santamarías casi cerradas. “Dos
pedacitos de carne en cinco mil bolívares. ¡Cómo se aprovechan de la situación!”,
“¿Tiene pasta y arroz, señor?”, “No, se me acabó”. Escasez y precios
desorbitados: un cóctel que embriagó a los caraqueños en una ciudad que había
quedado noqueada.
El lunes 5, al salir de mi jornada de trabajo en la
tarde, había más militares y policías que civiles en las calles. Los pocos
transeúntes caminaban, conversaban o descansaban con una serenidad atípica en la
ciudad.
Ya no había tanta gente haciendo compras
desesperadas, pero todavía la voz maliciosa del miedo entraba en la mente de
algunos. “Ayer la gente compraba mucho. En donde vivo no abrieron la
carnicería, hoy voy a ver si compro algo por aquí”, decía una señora en una
calle del centro.
En la plaza Bolívar escuché a un hombre —quizás un
bohemio sin guitarra— decir: “Ese tiene el detonador en sus manos”,
refiriéndose a Donald Trump.
Cuando me subí a un autobús, en el recorrido sonó
un leve estruendo; la gente se sobresaltó y se asomó por las ventanas; resultó
que era el estallido de un tubo de escape de un carro averiado.
En cada esquina alguien hablaba de los muertos que
dejó el atentado, de una posible nueva agresión que podía quebrar esa frágil
quietud que, sin embargo, parecía una guerra que continuaba dentro de nuestra
cabeza, diluida en palabras que el viento se llevaba, hasta perderse en el
horizonte.
Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas
Ilustración: archivo
NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1173-1174 de Todasadentro (17 de enero de 2026).
