domingo, 25 de enero de 2026

Cada bomba que cayó

 Crónica breve tras los bombardeos que conmocionaron a Venezuela

Bum, bum, bum. La explosión retumbó en la boca de un hombre, una explosión capaz de derribar una edificación. Él, un viandante cualquiera de la ciudad de Caracas,
así como otros, relataba lo vivido aquella madrugada del 3 de enero, cuando misiles lanzados por aviones estadounidenses atacaron guarniciones militares y otros espacios adyacentes en Caracas, Miranda, La Guaira y Aragua, dejando una lamentable cantidad de heridos y muertos.

 

Cada bomba que caía era un segundo suspendido en el tiempo. Fueron casi dos horas de intemperie para Venezuela, bajo un cielo teñido de naranja quemado por la primera luna llena del año 2026. El ataque se convirtió también en espectro: una voz maliciosa que se instaló en las mentes de muchos y que se exteriorizaba en la conversación y las acciones.  

 

Al amanecer, los ojos de la gente parecían platos, revisando Whatsapp y otras redes, aguardando una cadena reenviada, parte de la marejada de hiperinformación. Sin electricidad ni señal en muchos hogares, muchas pantallas no se iluminaron.

 

En mi casa recurrimos a la radio: solo se escuchaban emisoras comunitarias, mientras la música aún arrastraba el eco festivo de diciembre. Reinaba un silencio incómodo en la calle que veía desde la ventana, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, me estremeció que, tras largos discursos de analistas y sin comprender aún lo sucedido, un locutor pronunciara un hashtag que revelaba la situación: el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores.

 

Desde entonces supe que las horas siguientes no serían normales. No salí de casa, pero la calle estaba más que tranquila: vacía. Pero vi algunas personas cargando bolsas de comida. Al día siguiente, domingo 4, los mercados eran un hervidero: la gente compraba todo lo que encontraba. Colas interminables rodeaban las santamarías casi cerradas. “Dos pedacitos de carne en cinco mil bolívares. ¡Cómo se aprovechan de la situación!”, “¿Tiene pasta y arroz, señor?”, “No, se me acabó”. Escasez y precios desorbitados: un cóctel que embriagó a los caraqueños en una ciudad que había quedado noqueada.

 

El lunes 5, al salir de mi jornada de trabajo en la tarde, había más militares y policías que civiles en las calles. Los pocos transeúntes caminaban, conversaban o descansaban con una serenidad atípica en la ciudad.

 

Ya no había tanta gente haciendo compras desesperadas, pero todavía la voz maliciosa del miedo entraba en la mente de algunos. “Ayer la gente compraba mucho. En donde vivo no abrieron la carnicería, hoy voy a ver si compro algo por aquí”, decía una señora en una calle del centro.  

 

En la plaza Bolívar escuché a un hombre —quizás un bohemio sin guitarra— decir: “Ese tiene el detonador en sus manos”, refiriéndose a Donald Trump.  

Cuando me subí a un autobús, en el recorrido sonó un leve estruendo; la gente se sobresaltó y se asomó por las ventanas; resultó que era el estallido de un tubo de escape de un carro averiado.  

 

En cada esquina alguien hablaba de los muertos que dejó el atentado, de una posible nueva agresión que podía quebrar esa frágil quietud que, sin embargo, parecía una guerra que continuaba dentro de nuestra cabeza, diluida en palabras que el viento se llevaba, hasta perderse en el horizonte.  

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Ilustración: archivo

 NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1173-1174 de Todasadentro (17 de enero de 2026).