sábado, 31 de enero de 2026

Zombis en la sala: la interrupción del momento estético

 

Crónica sobre la fractura de la conexión con el arte, donde el celular transforma al espectador en un consumidor distraído

 

Se mueven lentamente, están casi inmóviles y con la mirada fija en un solo lugar. Son zombis, pero no como los de la película 28 años después: el templo de los huesos, que hace poco vi en la sala de cine de Galerías Paraíso. Aún no sé qué tan muertas están las personas que tienen en sus manos un smartphone —o celular inteligente— y no dejan de verlo, encandilados por la luz de las pantallas, viendo narrativas sin sentido y chistes tontos en TikTok y otras variedades que se consiguen en las redes digitales.

​Ese día, viendo el largometraje de una historia postapocalíptica, con el esfuerzo de los zombis en la gran pantalla por asustar a los espectadores, muchos no miraban sino a su celular, deslizando el dedo en el panel táctil; casi babeando, casi como si quisieran morder su propio dispositivo móvil. Un amigo, a mi lado, por desgracia ya había sido infectado por el celular. Traté de ser el último sobreviviente en la sala, aunque, rodeado de tantas pantallas, hasta comenzaba a presentar los síntomas de la infección: ver los mensajes de WhatsApp (“¿alguien me habrá escrito?, ¿qué ha publicado fulano en su estado?”).

​Rendido ante una tensión, solo eché una rápida mirada y, para reanimarme, tomé una foto a una escena de 28 años después para justificar mi pequeña distracción.

​Desde hace varios años es común ver a gente con celular en mano mientras se proyecta una película; sin embargo, cada vez es más constante y persistente. Particularmente, siento una molestia cuando alguien enciende su pantalla: es una falta de respeto ante la obra y con las personas que están atentas. Así sea la peor película del mundo, el acto más decente es retirarse de la sala y no molestar con el celular.

​Ese día recordé una parte del libro Estética e historia de las artes visuales (1948), de Bernard Berenson. Busqué de nuevo el título para leer la palabra de este lituano experto en arte; contribuyó con un concepto con el que estoy totalmente de acuerdo y se trata del “momento estético”. En sus palabras, lo define como: “Ese instante fugaz, tan breve hasta ser casi sin tiempo, cuando el espectador es un todo con la obra de arte que está contemplando, o con la realidad de cualquier género que el espectador mismo ve en términos de arte, como son la forma y el color. Cesa de ser su propio yo ordinario, y la pintura o el edificio, estatua, paisaje o realidad estética ya no están fuera de él. Ambos se convierten en una sola entidad: el tiempo y el espacio son abolidos, y el espectador está poseído de un único conocimiento”.

​Berenson explica que, en ese momento estético, el sujeto vuelve en sí con una idea que lo ilumina. En los últimos siete años del siglo XXI, lo que más ilumina al momento de estar frente a una obra de arte es el flash de una cámara celular o la pantalla de la misma frente a nuestra cara. Estamos sufriendo la interrupción del momento estético; no estamos disfrutando de las obras de arte, actuamos como consumidores que buscan la distracción fácil y rápida.

​No es casualidad que últimamente salgan debates y críticas sobre Netflix. Este servicio de streaming ha producido películas cuyas estructuras narrativas fueron forjadas de manera estratégica para que el espectador disfrute mientras revisa su celular; esto lo ha afirmado en declaraciones recientes el actor y guionista estadounidense Matt Damon en el podcast Joe Rogan Experience, según reseñó Infobae (18 de enero de 2026).

​Damon explicó que lo mejor de la película (por ejemplo, en una de acción) está en los primeros cinco minutos, donde el espectáculo requiere de la mayor parte del presupuesto. Igualmente, afirmó que los guionistas están obligados a repetir los diálogos de los personajes para que las personas estén al tanto de las tramas ante la distracción de los celulares.

​Este estado zombi no solo ocurre en las salas de cine, también cuando vemos, por ejemplo, una exposición de artes plásticas, donde las personas están más interesadas en tomarse una foto con la obra que en tomarse el suficiente tiempo para verla directamente con sus ojos; o cuando leemos un libro en formato digital, somos vulnerables a las notificaciones y mensajes que llegan al celular.

​La humanidad se está adaptando a las formas del hiperconsumo, pero está olvidando, en el mundo del arte, participar en la profundización de las creaciones.

Regresando al día que vi 28 años después… salí de la sala pensando si lo que vivimos es solo el comienzo del apocalipsis.

En las mesitas de espera frente a la taquilla de chucherías y palomitas de maíz, la horda de zombis estaba sedada por la luz de las pantallas de sus celulares. No escuché ningún comentario sobre la película. Salí hablando de 28 años después con mi amigo; aunque no me había gustado mucho el largometraje, solo hablaba para asegurarme que no estaba infectado como los demás en la sala.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

 NOTA: Crónica/ensayo publicado originalmente en la edición 1176 de Todasadentro (31 de enero de 2026).

domingo, 25 de enero de 2026

Reseña de "El viejo y el mar" (1952), de Ernest Hemingway


 

La victoria de un hombre ante la inmensidad de las adversidades

La siguiente narración trata sobre un viejo en una travesía más grande que su vida. Es un hombre endurecido por los años y por unos breves días, cuyas horas se dilataron en un tiempo incalculable. Es un pescador que cazó un marlín gigante, y que venció en nuestro imaginario como si hubiera luchado contra la inmensidad del mar.

 

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, es una pequeña épica de un hombre solo que va a contracorriente de su mala suerte y las adversidades. La valentía de Santiago continúa y culmina su faena. Es un ser humano, sin embargo, sensible, con sueños; su rigidez solo es un carácter para el trabajo duro. Manolín es el personaje secundario de esta novela breve que solo aparece al principio y al final, como una voz que traza un círculo escritural con el objetivo de evidenciar que un hombre siempre debe contar con su semejante; ese otro, en este caso, es un discípulo y que funge como puente entre la juventud y la vejez.

 

A pesar del cariño entre ambos personajes, Santiago desafía su realidad, tras 84 días sin pescar nada en el mar de La Habana, Cuba. Se describe a un habitante muy pobre de la isla. Un hombre arrugado y con constantes sueños sobre su juventud, que incluyen los recuerdos de los leones marinos en sus viajes hacia África y las luchas de brazos en tabernas.

 

En la inmensidad del mar, dentro de un pequeño bote, el viejo se une al universo del agua, es otro ser que dialoga con todos los seres vivos, desde los pequeños peces hasta un pajarito que llega hasta él. Hemingway narra con sutileza la poesía del mar. Sin embargo, esa misma belleza arropa la violencia y el dolor. Cuando el gran pez aparece, el hombre se enfrenta a una lucha que no es directa, sino que lo arroja a un combate de fuerza interna, manifestando su condición de ser.

 

Una de las frases más célebres que ha escrito el Nobel de Literatura, está en la voz de Santiago: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Aunque la narración parece construir el retrato de un viejo en pedazos, con sus dolencias; no obstante, su ánimo, impulsado por el amor que surge en su interacción con aquellos seres y elementos que forman parte de su vida, lo llevan a enfrentar el dolor de las heridas, tanto físicas como emocionales.

 

Cuando Santiago llama al marlín como su "hermano" y, a pesar de ello, le promete su muerte, desde la naturaleza del personaje principal vemos que se trata de un relato que habla sobre la contradicción del ser humano, que crece entre la empatía y la ferocidad.

 

Al final, tras una batalla con varios tiburones, el viejo regresa a la playa. La narrativa de Hemingway desnuda al personaje, muestra su alma e incluso los huesos de su brío; se trata de una victoria espiritual, una de muchas dificultades que, en la vida de cada hombre y mujer y en situaciones distintas, no terminará hasta el último suspiro.


Ernest Hemingway: vida y obra

​Hemingway (21 de julio de 1899 - 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense. Muchas de sus novelas y cuentos se basaron en hechos reales que vivió como una aventura cruda. Aunque quería combatir en la Primera Guerra Mundial, no fue aceptado debido a su mala vista, por lo que se alistó en el frente italiano como conductor de ambulancia.



​Más tarde, trabajó como corresponsal extranjero en París, y formó parte del grupo llamado la Generación Perdida. Durante su estancia en España, continuó su labor periodística cubriendo la Guerra Civil. De esas dos experiencias surgieron dos de sus obras maestras: Adiós a las armas (1929) y Por quién doblan las campanas (1940). La experiencia acumulada le seguiría brindando material para sus relatos y novelas.

​En 1934, Hemingway compró su propio barco pesquero, el cual navegó por la Corriente del Golfo, primero desde su casa en Cayo Hueso (Florida) y posteriormente desde Cojímar (Cuba). Tenía una gran afición por la caza y la pesca, por lo que El viejo y el mar es una historia magistralmente documentada que le valió el Premio Pulitzer en 1953 y, posteriormente, le abrió el camino hacia el Premio Nobel de Literatura en 1954.

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imágenes: internet y archivo

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1175 de Todasadentro (24 de enero de 2026), sección "Librolatría".

Cada bomba que cayó

 Crónica breve tras los bombardeos que conmocionaron a Venezuela

Bum, bum, bum. La explosión retumbó en la boca de un hombre, una explosión capaz de derribar una edificación. Él, un viandante cualquiera de la ciudad de Caracas,
así como otros, relataba lo vivido aquella madrugada del 3 de enero, cuando misiles lanzados por aviones estadounidenses atacaron guarniciones militares y otros espacios adyacentes en Caracas, Miranda, La Guaira y Aragua, dejando una lamentable cantidad de heridos y muertos.

 

Cada bomba que caía era un segundo suspendido en el tiempo. Fueron casi dos horas de intemperie para Venezuela, bajo un cielo teñido de naranja quemado por la primera luna llena del año 2026. El ataque se convirtió también en espectro: una voz maliciosa que se instaló en las mentes de muchos y que se exteriorizaba en la conversación y las acciones.  

 

Al amanecer, los ojos de la gente parecían platos, revisando Whatsapp y otras redes, aguardando una cadena reenviada, parte de la marejada de hiperinformación. Sin electricidad ni señal en muchos hogares, muchas pantallas no se iluminaron.

 

En mi casa recurrimos a la radio: solo se escuchaban emisoras comunitarias, mientras la música aún arrastraba el eco festivo de diciembre. Reinaba un silencio incómodo en la calle que veía desde la ventana, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, me estremeció que, tras largos discursos de analistas y sin comprender aún lo sucedido, un locutor pronunciara un hashtag que revelaba la situación: el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores.

 

Desde entonces supe que las horas siguientes no serían normales. No salí de casa, pero la calle estaba más que tranquila: vacía. Pero vi algunas personas cargando bolsas de comida. Al día siguiente, domingo 4, los mercados eran un hervidero: la gente compraba todo lo que encontraba. Colas interminables rodeaban las santamarías casi cerradas. “Dos pedacitos de carne en cinco mil bolívares. ¡Cómo se aprovechan de la situación!”, “¿Tiene pasta y arroz, señor?”, “No, se me acabó”. Escasez y precios desorbitados: un cóctel que embriagó a los caraqueños en una ciudad que había quedado noqueada.

 

El lunes 5, al salir de mi jornada de trabajo en la tarde, había más militares y policías que civiles en las calles. Los pocos transeúntes caminaban, conversaban o descansaban con una serenidad atípica en la ciudad.

 

Ya no había tanta gente haciendo compras desesperadas, pero todavía la voz maliciosa del miedo entraba en la mente de algunos. “Ayer la gente compraba mucho. En donde vivo no abrieron la carnicería, hoy voy a ver si compro algo por aquí”, decía una señora en una calle del centro.  

 

En la plaza Bolívar escuché a un hombre —quizás un bohemio sin guitarra— decir: “Ese tiene el detonador en sus manos”, refiriéndose a Donald Trump.  

Cuando me subí a un autobús, en el recorrido sonó un leve estruendo; la gente se sobresaltó y se asomó por las ventanas; resultó que era el estallido de un tubo de escape de un carro averiado.  

 

En cada esquina alguien hablaba de los muertos que dejó el atentado, de una posible nueva agresión que podía quebrar esa frágil quietud que, sin embargo, parecía una guerra que continuaba dentro de nuestra cabeza, diluida en palabras que el viento se llevaba, hasta perderse en el horizonte.  

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Ilustración: archivo

 NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1173-1174 de Todasadentro (17 de enero de 2026).