miércoles, 18 de marzo de 2026

"La orilla": donde las malas decisiones se hunden en el mar hasta que exhala el terror

 

Se estrenó el 26 de febrero de 2026 en salas de Venezuela. Una película margariteña dirigida y escrita por Ángel Suárez

La orilla: un cuento de la isla de Margarita empieza su acción con los sonidos del mar y del viento que rodean el retrato de la familia Martínez en el año 1989, en la Península de Macanao: Alejandro (padre), Juliana (madre), Camila (hija mayor), Luis y Ana (hijos menores). Un retrato que es corroído por las malas decisiones y la violencia.

El largometraje comienza enfocándose en la tensión, en ese padre autoritario y violento interpretado por el actor Juan Carlos Lozada. Toda esa opresión recae principalmente en la madre, encarnada por Elba Duque y, especialmente, en la hija mayor, representada por Ghitanyaly Vizcaíno.

El núcleo narrativo es el conflicto familiar, en el que las acciones y los gestos son los protagonistas para reflejar la podredumbre humana. El director y guionista, Ángel Suárez, tiene un manejo formidable de los planos, en los que transmite inquietud y misterio en la belleza; se desenvuelve tocando el cine contemplativo.

La casa es el espacio que delimita el drama; una estructura precaria, carente de paredes y vulnerable ante el entorno. Esta vivienda funciona como una prisión envuelta por un mar de emociones, donde la sensación de claustrofobia se intensifica con el ruido del oleaje, efecto que se acentúa en la gran pantalla a través de un formato de imagen casi cuadrado.

Camila, víctima de los abusos de su padre, vive en la pobreza, pero más aún, en la precariedad humana: la barbarie solapada con versículos bíblicos. Posteriormente, tras un suceso brutal y sangriento, descubrimos el origen de todos los males. Es aquí donde se manifiesta el terror folclórico en un flashback, un recurso que, no obstante, desdibuja el halo enigmático que estaba construyendo el guion.

A pesar de ello, Suárez demuestra que su ópera prima es un diamante en bruto; con pocos problemas en montaje y algunas decisiones desacertadas para mantener el ritmo, pero con un dominio suficiente para hacer del terror un género contemplativo, todo un reto dado lo atípico de la propuesta en el panorama del cine. 

Por otro lado, hay una atractiva narrativa que aborda el tema familiar, tal vez con crueldad hacia sus personajes, pero que no deja de reflejar la conexión emocional, sobre todo en la relación con los hermanos menores interpretados por Santiago Ramos y Maia Rolas, almas inocentes atrapadas por las manifestaciones sobrenaturales.

Más allá del tejido argumental, la historia señala el abuso de autoridad, el maltrato infantil, el silencio y las decisiones de último momento que intentan, tardíamente, detener las tragedias.

La actuación de Vizcaíno sobresale, representando cada nivel de miedo que transmite la historia, por su parte, la mirada de Lozada proyecta tanto la amenaza como su propia frustración, mientras que Duque encarna el silencio y la impotencia con un rostro que lo expresa todo. Cabe destacar la notable fotografía, el maquillaje y el diseño de iluminación y grabaciones nocturnas, así como el diseño sonoro y la música original, aunque los momentos de mayor impacto son aquellos donde prevalecen únicamente las interpretaciones y los sonidos naturales del entorno.

Aunque La orilla no envía al espectador un mensaje complejo y explícito como moraleja, y eso se evidencia cuando en la misma obra hay diálogos breves, se percibe que los conflictos exponen los claroscuros del ser humano: las decisiones mundanas que buscan solución en lo sagrado, donde la fe o la creencia no es suficiente para la redención, sino que es un lenguaje que auspicia la destrucción de toda fortaleza; es la marea que exhala el terror. La orilla es el límite entre el silencio y los gritos; es la franja que une las malas decisiones del abismo absoluto.

Premios y equipo

La orilla ha tenido un recorrido triunfal por festivales: ganó como Mejor Largometraje Venezolano en el séptimo Festival El Grito 2025 y una Mención Especial Honrosa en el octavo Festival Internacional de Cine Fantástico Insólito en Lima, Perú.

Equipo de La orilla:

Escrito y dirigido por Ángel Suárez. Producido por Amada Lazo. Asistente de dirección: Luzmeida Lucas. Dirección de fotografía: Juan A. Contreras. Asistente de fotografía Jacob Narváez.Foto fija Jesús Ramírez y Frank Arleo.Gaffer: Oniel Arteaga. Dirección de arte: Ofelia Regueira.Utilería: Alejandra Almenarmaría Marín. Maquillaje: Ofelia Regueira/ZuliedyCalderín.Vestuario Josmary Guerra. Música y sonido: Carlos Díaz. Script: Williams Mendoza. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: internet

NOTA: crítica publicada originalmente en la edición 1182 de Todasadentro (14 de marzo de 2026)

lunes, 9 de febrero de 2026

"Una dosis de deseo": creación y trascendencia tras las máscaras

 

Propuesta de la agrupación Teatro de la Penumbra, con la dirección y creación de Andreina Polidor 

Cuatro personajes transmiten los diferentes matices del deseo, como el ansia, el anhelo, la ilusión… Cuando vemos sus máscaras debemos atender a sus acciones y diálogos; a medida que avanzan en el recorrido emocional, sus rostros revelan la verdad que materializan en la ficción: crear para ser libres y trascender.

Una dosis de deseo, propuesta dirigida por Andreina Polidor, es una versión libre de la clásica obra Un tranvía llamado deseo (1947), de Tennessee Williams, cuya historia es irrumpida por los actores.

En el ensayo Definición del arte (1968), de Umberto Eco, el escritor interpreta un concepto del filósofo Luigi Pareyson, de la siguiente manera: “toda vida humana (…) es invención, producción de formas”. Bajo esta premisa, Claudia Rojas, Mariángela Nogueras, José Alberto Briceño y Jeizer Ruiz, elenco que interpreta hábil e ingeniosamente a los principales protagonistas de la obra de Williams: Blanche, Stella, Stanley y Mitch, conjuran el teatro dentro del teatro, y cada uno de los intérpretes hace de sus voces y de sus cuerpos la materia para crear un sentido nuevo que impacta al público.

El discurso humorístico, reflexivo e incluso violento forma representaciones mundanas y divinas que, como fábula y mitología, enseñan la motivación y la constancia de una generación de jóvenes venezolanos que entiende su presente en medio de las crisis, liberándose al transitan su propio lenguaje; una expresión en busca del origen, capaz de conseguir respuestas desde lo efímero, trascendiendo en el acto ritual estético.

Los espectadores no verán una historia tradicional sobre Un tranvía llamado deseo, lo que propone Una dosis de deseo es que observemos las distintas máscaras/rostros de sus personajes, porque en sus ojos podemos encontrar la ilusión como esperanza de cada actriz y actor. Polidor concibe, de manera libre y colectiva con el espíritu del elenco, otro final del drama.

Para realizar esta reseña asistí a la función de la temporada 2026, en el Teatro Luis Peraza, sede del Centro de Creación Artística TET en Caracas. 

 

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Foto: Cortesía Teatro de la Penumbra, Yull Terán

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1177 de Todasadentro (7 de febrero de 2026)

Reseña de "Música para camaleones" (1980), de Truman Capote

 

La belleza de los inverosímil

La lectura que tuve de Música para camaleones fue toda una epifanía sobre la belleza de lo inverosímil. Truman Capote, en su narrativa de no ficción, expone el espíritu inquieto y extravagante de sus personajes y nos muestra que la cotidianidad esconde, caprichosamente, el laberinto humano.

Son 14 relatos magistralmente escritos. La identidad de su escritura no es la misma que A sangre fría. Aquí la narración tiene su filosofía: mientras sea más breve y esté despojada de hechos sin relevancia, será más personal. Cada relato es un retrato que respira a través de su Yo.

Desde aristócratas, pasando por estrellas de cine, hasta la clase popular, en todos exhibe un brillo excéntrico. Varias historias están protagonizadas por mujeres y muchas de ellas —así lo transmite de manera oblicua en los relatos— importantes en la vida de este escritor estadounidense.

Por ejemplo, en Un día de trabajo conocemos a Mary Sánchez, una empleada de hogar. Ella —negra y católica— conoce la intimidad de sus clientes. Aunque es responsable, vemos su orgullo y alguna imprudencia con la hierba peruana. Capote desnuda su vida privada y localizamos la bondad en ella.

Por otra parte, una de las crónicas más célebres es Una hermosa criatura. Conocemos la amistad que tiene con Marilyn Monroe en un episodio muy peculiar. En el velorio de la actriz Constance Collier, Capote describe el atuendo de Marilyn como si “estuviera interpretando a La novia de Drácula” para no ser reconocida. Con ironía, nos acerca a este personaje con el cual mantiene diálogos muy divertidos para desentrañar la personalidad de la bella modelo. Nos muestra que su frivolidad, sin embargo, es solo una capa, porque hay una mujer en constante introspección.

Igualmente, destaco piezas como la homónima que da nombre al libro, y que muestra situaciones que parecen sacadas de un sueño; o Deslumbramiento, una confesión sobre la infancia del autor y su vínculo con una esotérica. En fin, la piedra preciosa de Música para camaleones es el secreto revelado; pero el mismo descubrimiento se convierte, a menudo, en otro enigma.

Truman Capote: vida y obra



Capote (30 de septiembre de 1924 - 25 de agosto de 1984) abrazó la literatura desde muy joven. A los 19 años publicó su primer relato, y a los 23, la novela Otras voces, otros ámbitos. En la revista The New Yorker su firma comenzó a sonar en el mundo hollywoodense. Ya a una edad adulta avanzada, muchas de sus crónicas sociales causaron escándalos.  Fue aclamado por la novela de ficción Desayuno en Tiffany's (1958). El impacto de la publicación de A sangre fría (1966) originó la corriente del Nuevo Periodismo en Estados Unidos.

Para esta reseña leí la edición de la editorial Bruguera (1981). Traducción de Benito Gómez Ibáñez. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Foto e ilustración: internet y archivo

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1177 de Todasadentro (7 de febrero de 2026), sección "Librolatría".

sábado, 31 de enero de 2026

Zombis en la sala: la interrupción del momento estético

 

Crónica sobre la fractura de la conexión con el arte, donde el celular transforma al espectador en un consumidor distraído

 

Se mueven lentamente, están casi inmóviles y con la mirada fija en un solo lugar. Son zombis, pero no como los de la película 28 años después: el templo de los huesos, que hace poco vi en la sala de cine de Galerías Paraíso. Aún no sé qué tan muertas están las personas que tienen en sus manos un smartphone —o celular inteligente— y no dejan de verlo, encandilados por la luz de las pantallas, viendo narrativas sin sentido y chistes tontos en TikTok y otras variedades que se consiguen en las redes digitales.

​Ese día, viendo el largometraje de una historia postapocalíptica, con el esfuerzo de los zombis en la gran pantalla por asustar a los espectadores, muchos no miraban sino a su celular, deslizando el dedo en el panel táctil; casi babeando, casi como si quisieran morder su propio dispositivo móvil. Un amigo, a mi lado, por desgracia ya había sido infectado por el celular. Traté de ser el último sobreviviente en la sala, aunque, rodeado de tantas pantallas, hasta comenzaba a presentar los síntomas de la infección: ver los mensajes de WhatsApp (“¿alguien me habrá escrito?, ¿qué ha publicado fulano en su estado?”).

​Rendido ante una tensión, solo eché una rápida mirada y, para reanimarme, tomé una foto a una escena de 28 años después para justificar mi pequeña distracción.

​Desde hace varios años es común ver a gente con celular en mano mientras se proyecta una película; sin embargo, cada vez es más constante y persistente. Particularmente, siento una molestia cuando alguien enciende su pantalla: es una falta de respeto ante la obra y con las personas que están atentas. Así sea la peor película del mundo, el acto más decente es retirarse de la sala y no molestar con el celular.

​Ese día recordé una parte del libro Estética e historia de las artes visuales (1948), de Bernard Berenson. Busqué de nuevo el título para leer la palabra de este lituano experto en arte; contribuyó con un concepto con el que estoy totalmente de acuerdo y se trata del “momento estético”. En sus palabras, lo define como: “Ese instante fugaz, tan breve hasta ser casi sin tiempo, cuando el espectador es un todo con la obra de arte que está contemplando, o con la realidad de cualquier género que el espectador mismo ve en términos de arte, como son la forma y el color. Cesa de ser su propio yo ordinario, y la pintura o el edificio, estatua, paisaje o realidad estética ya no están fuera de él. Ambos se convierten en una sola entidad: el tiempo y el espacio son abolidos, y el espectador está poseído de un único conocimiento”.

​Berenson explica que, en ese momento estético, el sujeto vuelve en sí con una idea que lo ilumina. En los últimos siete años del siglo XXI, lo que más ilumina al momento de estar frente a una obra de arte es el flash de una cámara celular o la pantalla de la misma frente a nuestra cara. Estamos sufriendo la interrupción del momento estético; no estamos disfrutando de las obras de arte, actuamos como consumidores que buscan la distracción fácil y rápida.

​No es casualidad que últimamente salgan debates y críticas sobre Netflix. Este servicio de streaming ha producido películas cuyas estructuras narrativas fueron forjadas de manera estratégica para que el espectador disfrute mientras revisa su celular; esto lo ha afirmado en declaraciones recientes el actor y guionista estadounidense Matt Damon en el podcast Joe Rogan Experience, según reseñó Infobae (18 de enero de 2026).

​Damon explicó que lo mejor de la película (por ejemplo, en una de acción) está en los primeros cinco minutos, donde el espectáculo requiere de la mayor parte del presupuesto. Igualmente, afirmó que los guionistas están obligados a repetir los diálogos de los personajes para que las personas estén al tanto de las tramas ante la distracción de los celulares.

​Este estado zombi no solo ocurre en las salas de cine, también cuando vemos, por ejemplo, una exposición de artes plásticas, donde las personas están más interesadas en tomarse una foto con la obra que en tomarse el suficiente tiempo para verla directamente con sus ojos; o cuando leemos un libro en formato digital, somos vulnerables a las notificaciones y mensajes que llegan al celular.

​La humanidad se está adaptando a las formas del hiperconsumo, pero está olvidando, en el mundo del arte, participar en la profundización de las creaciones.

Regresando al día que vi 28 años después… salí de la sala pensando si lo que vivimos es solo el comienzo del apocalipsis.

En las mesitas de espera frente a la taquilla de chucherías y palomitas de maíz, la horda de zombis estaba sedada por la luz de las pantallas de sus celulares. No escuché ningún comentario sobre la película. Salí hablando de 28 años después con mi amigo; aunque no me había gustado mucho el largometraje, solo hablaba para asegurarme que no estaba infectado como los demás en la sala.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

 NOTA: Crónica/ensayo publicado originalmente en la edición 1176 de Todasadentro (31 de enero de 2026).

domingo, 25 de enero de 2026

Reseña de "El viejo y el mar" (1952), de Ernest Hemingway


 

La victoria de un hombre ante la inmensidad de las adversidades

La siguiente narración trata sobre un viejo en una travesía más grande que su vida. Es un hombre endurecido por los años y por unos breves días, cuyas horas se dilataron en un tiempo incalculable. Es un pescador que cazó un marlín gigante, y que venció en nuestro imaginario como si hubiera luchado contra la inmensidad del mar.

 

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, es una pequeña épica de un hombre solo que va a contracorriente de su mala suerte y las adversidades. La valentía de Santiago continúa y culmina su faena. Es un ser humano, sin embargo, sensible, con sueños; su rigidez solo es un carácter para el trabajo duro. Manolín es el personaje secundario de esta novela breve que solo aparece al principio y al final, como una voz que traza un círculo escritural con el objetivo de evidenciar que un hombre siempre debe contar con su semejante; ese otro, en este caso, es un discípulo y que funge como puente entre la juventud y la vejez.

 

A pesar del cariño entre ambos personajes, Santiago desafía su realidad, tras 84 días sin pescar nada en el mar de La Habana, Cuba. Se describe a un habitante muy pobre de la isla. Un hombre arrugado y con constantes sueños sobre su juventud, que incluyen los recuerdos de los leones marinos en sus viajes hacia África y las luchas de brazos en tabernas.

 

En la inmensidad del mar, dentro de un pequeño bote, el viejo se une al universo del agua, es otro ser que dialoga con todos los seres vivos, desde los pequeños peces hasta un pajarito que llega hasta él. Hemingway narra con sutileza la poesía del mar. Sin embargo, esa misma belleza arropa la violencia y el dolor. Cuando el gran pez aparece, el hombre se enfrenta a una lucha que no es directa, sino que lo arroja a un combate de fuerza interna, manifestando su condición de ser.

 

Una de las frases más célebres que ha escrito el Nobel de Literatura, está en la voz de Santiago: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Aunque la narración parece construir el retrato de un viejo en pedazos, con sus dolencias; no obstante, su ánimo, impulsado por el amor que surge en su interacción con aquellos seres y elementos que forman parte de su vida, lo llevan a enfrentar el dolor de las heridas, tanto físicas como emocionales.

 

Cuando Santiago llama al marlín como su "hermano" y, a pesar de ello, le promete su muerte, desde la naturaleza del personaje principal vemos que se trata de un relato que habla sobre la contradicción del ser humano, que crece entre la empatía y la ferocidad.

 

Al final, tras una batalla con varios tiburones, el viejo regresa a la playa. La narrativa de Hemingway desnuda al personaje, muestra su alma e incluso los huesos de su brío; se trata de una victoria espiritual, una de muchas dificultades que, en la vida de cada hombre y mujer y en situaciones distintas, no terminará hasta el último suspiro.


Ernest Hemingway: vida y obra

​Hemingway (21 de julio de 1899 - 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense. Muchas de sus novelas y cuentos se basaron en hechos reales que vivió como una aventura cruda. Aunque quería combatir en la Primera Guerra Mundial, no fue aceptado debido a su mala vista, por lo que se alistó en el frente italiano como conductor de ambulancia.



​Más tarde, trabajó como corresponsal extranjero en París, y formó parte del grupo llamado la Generación Perdida. Durante su estancia en España, continuó su labor periodística cubriendo la Guerra Civil. De esas dos experiencias surgieron dos de sus obras maestras: Adiós a las armas (1929) y Por quién doblan las campanas (1940). La experiencia acumulada le seguiría brindando material para sus relatos y novelas.

​En 1934, Hemingway compró su propio barco pesquero, el cual navegó por la Corriente del Golfo, primero desde su casa en Cayo Hueso (Florida) y posteriormente desde Cojímar (Cuba). Tenía una gran afición por la caza y la pesca, por lo que El viejo y el mar es una historia magistralmente documentada que le valió el Premio Pulitzer en 1953 y, posteriormente, le abrió el camino hacia el Premio Nobel de Literatura en 1954.

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imágenes: internet y archivo

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1175 de Todasadentro (24 de enero de 2026), sección "Librolatría".