sábado, 18 de abril de 2026

Cinco poemas de Stiven Rodríguez Volcán

 



TRAVESÍA

 

En las redes  

de tu voz que ya no soy, 

entre palabras y solo palabras 

se erige tu cuerpo 

de ojos que miran 

y que traspasan 

el hueso, 

testimonio de nuestro territorio alquilado.

En el camino,

sobre dedos hundidos en la grieta,

el horizonte asoma el lenguaje 

para encontrarnos.

  

AUTORRETRATO

 

Estos ojos son los de un lobo 

que perdió su manada,

que se mira y ya no ve a una bestia

sino a la presa.

Mis aullidos

son palabras de silencio 

en el abismo 

de una conversación cotidiana.

En estos ojos está un día perdido,

de hace años, 

muerto, 

del cual regreso 

cada vez que otro intenta reemplazarlo, 

otra aparición fantasmal 

que cifró todas las voces,

que se hunden en mí

para cicatrizar 

la herida de la palabra.

Pero ella está ahí, 

abierta, 

en lo que aún no está escrito,

señalando mi corazón o un horizonte

que solo se divisa deformado, 

pero sabemos que en la lejanía 

cualquier cuerpo pierde su nombre, 

por lo que es mejor dejarlo deambular 

en la cartografía del contratiempo.

En mis ojos somos extraños retorciéndose en la retina,

impelidos en el espacio que se extiende 

cada vez que se desvanece, 

en los gritos que aún respiro, 

que nadie escucha, 

porque en la mudez 

solo es posible seguir el camino.

 

EL ANIMAL

 

El animal de la poesía

está mordiendo los silencios,

se conforta con la rabia sobre lo invisible.

Está adolorido porque camino su vientre

y mis pasos tiran carnosos rumores.

Escribo su caricia

en nombre de otro,

y se escabulle amargo;

me arroja a lo mundano,

debajo de una roca

para llenar mis ojos de arena.

El viento se lleva

lo que una vez fue fulgor y

la bestia me deja inerme,

forja las tinieblas a imagen

de mi quiebre y caemos en el abismo

de nuestras grietas.

 

CUALQUIER MOMENTO DE LA CIUDAD

 

Esta ciudad tiene su piel maltratada. Hiede a humo y está en la boca de un colector de autobús. Anda de ida y vuelta en el territorio de las imposibilidades. Hay un ángel que la bendice cuando se apaga la luz y cuando el último poeta bosteza de hambre. La noche anda de malandro y te roba el sueño; una hora de vigilia es más que suficiente para recorrer todas las calles de tus ojos. La amada sin nombre fue tragada por una cañería. Si algún día llega el diluvio, será muy tarde.

 

VERNOS

 

Si transitas tu rostro,

en la sombra de lo insondable,

estarás en ti desde otro lugar,

reflejo de pájaro, 

cada vez más lejos en tu interior. 

Sigue la seña de ningún lugar,

allá, donde puedas verte.

 

Nota: estos poemas fueron publicados originalmente en la antología Ecos compartidos (tomo VI), editado por Giraluna (2026). 


Reseña de "Filiación oscura" (1966), de Juan Sánchez Peláez

 


El claroscuro de la palabra y del ser  


Hay vínculos con ciertos poetas que alcanzan una dimensión sagrada. En esos casos, la lectura trasciende lo habitual para convertirse en un rito íntimo; allí, la palabra no delimita al ser, sino que lo acompaña, en su enigmático claroscuro, en el flujo de la existencia hasta volverse parte de ti,

Esa fue mi experiencia con Juan Sánchez Peláez. Aún resuena en mi memoria el impacto de leer, hace años, el poema VIII de Filiación oscura. Aquel poema es un inventario simbólico que se mezcla con lo terrenal, una enumeración que fragmenta al sujeto para provocar el misterio de la voz poética: “Mi áspid en el tatuaje / Mi desvelo en la casa de nadie” (p. 52).

 

Es un lenguaje que habita la imaginación a través del movimiento que cruza la frontera de la página y de nuestro aliento; aborda temas universales como la soledad, el desvelo, el amor, el erotismo, la memoria y la muerte.

 

En este poemario, Sánchez Peláez no utiliza la penumbra como un simple recurso estético; por el contrario, su luz está siempre envuelta en sombra. Existe una tensión en cada verso y en cada prosa breve, donde la yuxtaposición de las palabras construye un claroscuro revelador.

 

La composición tiene su confesión. El poeta revela el ritual: “Soplo el grano, paso el dedo en la llama. Me envanece la palabra que hallo, que busco en vilo” (p. 53). En esa búsqueda reside un sincretismo entre lo mundano y lo místico, logrando la consagración de lo fáctico.

 

Son poemas que exigen relecturas infinitas porque están creadas para ser avizorados. El poema es un cuerpo que se asoma; su parte visible es tan incandescente, tan intensa, que necesita, por fuerza, su lado oscuro. Así lo confirma el poema que da título al libro: “Para comenzar una historia verídica es necesario atraer / en sucesiva ordenación de ideas las ánimas, el / purgatorio y el infierno” (p. 60).

 

Esto me hace reflexionar sobre qué es lo que observamos realmente. En ese claroscuro de nuestras vidas, ¿realmente tenemos la convicción de lo que se confiesa como hecho es verdadero? ¿Cuánto hay de furtivo en las palabras que relatan ese hecho? ¿Qué es más relevador, lo oscuro o lo claro?

 

La vigilia aparece aquí como un estado de búsqueda constante e incluso de vigilancia. No es una poesía que se conforme con la belleza literaria; es una poesía como materialización de la memoria, en ella convive la pasión con un sufrimiento que reclama ser disipado. Su palabra es acción, con brillo y con la aspereza de lo que él define como “el enigma de ser” (p. 79).

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imágenes: archivo

Juan Sánchez Peláez: vida y obra

Poeta venezolano. Nació en Altagracia de Orituco, estado Guárico, el 25 de septiembre de 1922, y falleció el 20 de noviembre de 2003. Es una de las principales voces de la poesía venezolana, cuya obra ha influenciado a contemporáneos y a nuevas generaciones. Su producción se compone de pocos títulos, pero de gran significación, entre los que destacan Animal de costumbre (1959), Lo huidizo y lo permanente (1969) y Rasgos comunes (1975). Fue merecedor del Premio Nacional de Literatura en 1976. Para crear este artículo leí el apartado de Filiación oscura, integrada en su Antología poética, en la colección de Monte Ávila Editores Latinoamericana (2004).


NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1186 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".

viernes, 3 de abril de 2026

Reseña de "Casi el murmullo" (2025), de Luis Alberto Crespo

 

Lo que queda de nosotros o lo que despojamos 

Cada día es una despedida de lo que se hizo y de lo que no se ha hecho; los años nos hacen avanzar y distanciarnos de lo que fuimos, no para dejar de ser, sino para despojarnos del peso que somos. Estas ideas me surgieron al leer el poemario más reciente de Luis Alberto Crespo.

Casi el murmullo es una obra densa e intensa. Es interesante que este autor de 84 años vuelve a su origen en todos sus escritos, a sus elementos comunes, aunque en este caso con escasez, como si en el susurro surgiera lo puro. Hay una reflexión sobre esa espera que es la despedida, pero que en la escritura se mantiene tan dura como la tierra.

“Soy terroso  maluco / Me crió la brasa  Por eso soy irme” (p. 17). Hay un adiós sin separación; igualmente es la memoria, o incluso la creencia de la memoria, a la que se vuelve y se va, un ciclo que se repite y se transforma con la palabra.

Puede que en la lectura nos sintamos enfrentados a ese abismo que es la despedida o el despojo, como un transitar en el que no volveremos y no seremos nada, aún más cuando aquello que nos sujeta y que tenemos se aparta para ser algo sin nuestra presencia. Sin embargo, hay un elemento etéreo que se eleva y nos ofrece otro aliento.

El blanco es un color protagonista en varios poemas para expresar autonomía en la errancia, pero incluso de aquel lapso en el que se es polvo. Ese momento de la muerte, que sigue causando emociones, se ejemplifica cuando el poeta habla de una flor seca destruida en sus manos para expresar: “Qué carroña su preciosidad” (p. 23), o en otros términos más cercanos a todo lo que tuvimos, esos andrajos y nuestro propio cuerpo y memoria: “ese montón de ti / Recógelo  guárdalo / consiéntelo” (p. 87).

Más allá de la lectura que se pueda hacer como la vejez de una vida, estos poemas ilustran esa linde en la que transitamos en distintas situaciones, eso vago que nos traspasa cada vez que cruzamos el final y el principio de un camino, para mirarnos en lo que queda de nosotros.

Luis Alberto Crespo: vida y obra

Crespo (Carora, estado Lara, 13 de abril de 1941) se crió con un padre que leía mucho, que le enseñó el universo de los libros, en un pueblo árido, cuyos elementos se convirtieron en poemas en Si el verano es dilatado (1968), con un estilo cercano al del poeta Ramón Palomares. Posteriormente sus rasgos cambian, su escritura poética se transforma, resultando en un estilo más hermético, misterioso y breve, en obras como Costumbre de sequía (1976) y Resolana (1980). Estudió Comunicación Social en la UCV. Forma parte de la generación de periodistas culturales de los años 70 en Venezuela. Fue director de El Papel Literario del diario El Nacional y de la revista Imagen. Ha sido reconocido con varios premios literarios. Ha publicado una extensa obra poética. Para esta reseña leí la primera edición en Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2025.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1179 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".


Reseña de "Crónicas de la demencia cotidiana" (2020), de Armando José Sequera

 

Cordura, locura y la risa de por medio 

Pocas veces he leído crónicas cuya voz del autor nos abraza para llevarnos a terrenos complejos desde la sencillez de la anécdota: los relatos se sitúan en diferentes tiempos para resaltar circunstancias y personajes que, de alguna manera, han alterado el curso natural de una vida tranquila. A través de un estilo humorístico sano, con una estructura similar al de una fábula, la obra despliega la comedia humana de lo cotidiano sobre un mapa irracional que, lejos de concluir en aspectos negativos, algunas veces suele deparar sorpresas gratas.

Crónicas de la demencia cotidiana, de Armando José Sequera, reúne 16 textos con distintas extensiones, entre escritos medianos y cortos, en los que el autor transita como personaje en el que recaen todos los sucesos y acciones de la gente que altera, en varios momentos de su vida, el curso de su destino ideal.

Es una escritura sumamente inteligente, a través de la sutileza, no solo del lenguaje sino de las vivencias, trasluce un mundo donde la humanidad sufre la vejación y subyugación de una élite económica que, en muchos casos, se considera superior como “hombre”, apartando al otro que no forma parte de su círculo de privilegiados, como un ser inferior.

Estas dinámicas de poder se extienden a través de instituciones y también por sujetos con menor poder que, al someter a otros, contaminan la realidad y provocan un delirio normalizado que el autor aprovecha para resaltar el lado cómico de sus anécdotas, usando la palabra como herramienta de la razón frente a la irracionalidad. Estas situaciones se presentan en varias crónicas, por mencionar Incursión en la clase alta, Sudacas, Descuentos, Golpe de Estado en mis bolsillos.

También hay otros escritos donde se presentan situaciones que —sin dejar de formar parte de ese cuerpo hacia el cual el escritor pretende direccionar su obra— son más personales, que entran en la mente de la gente y en la del autor; por ejemplo: Inundaciones y neveras, Una novia llamada Charlot, Turbulencias, La comida de la abuela y Taxista y cantante.

En Crónicas de la demencia cotidiana, el escritor parece reírse de sí mismo en varios relatos; sin embargo, existe otra capa que sugiere que dicha burla nace del choque entre dos conductas: una ejemplar y otra alterada por factores como la corrupción o la locura, desde la más dañina hasta la más bondadosa.

La obra también reflexiona sobre nuestra naturaleza intentando adaptarse a una arquitectura social que, en ocasiones, resulta desalmada. A través de crónicas que exponen vivencias propias y ajenas, Sequera nos invita a reírnos de aquello que padecemos.

Armando José Sequera: vida y obra

Nació en Caracas, 1953. Es escritor, periodista y editor venezolano. Se caracteriza por ser prolífico en los distintos géneros de la literatura. Se ha especializado en la narrativa dirigida para el público infantil. También es cronista; Crónicas de belleza, ternura y uno que otro milagro y Crónicas de la demencia cotidiana (Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca, 2019) son algunos de sus libros más recientes, conformados en este género periodístico. Uno de los galardones más importantes que ha recibido fue  el  Premio Casa de las Américas en Literatura para Niños y Jóvenes (1979). Recientemente fue reconocido con el Premio Nacional de Cultura 2024-205, mención Literatura. Para este artículo leí la primera edición publicada por la Fundación para la Cultura y las Artes, 2020. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1183 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".


miércoles, 18 de marzo de 2026

"La orilla": donde las malas decisiones se hunden en el mar hasta que exhala el terror

 

Se estrenó el 26 de febrero de 2026 en salas de Venezuela. Una película margariteña dirigida y escrita por Ángel Suárez

La orilla: un cuento de la isla de Margarita empieza su acción con los sonidos del mar y del viento que rodean el retrato de la familia Martínez en el año 1989, en la Península de Macanao: Alejandro (padre), Juliana (madre), Camila (hija mayor), Luis y Ana (hijos menores). Un retrato que es corroído por las malas decisiones y la violencia.

El largometraje comienza enfocándose en la tensión, en ese padre autoritario y violento interpretado por el actor Juan Carlos Lozada. Toda esa opresión recae principalmente en la madre, encarnada por Elba Duque y, especialmente, en la hija mayor, representada por Ghitanyaly Vizcaíno.

El núcleo narrativo es el conflicto familiar, en el que las acciones y los gestos son los protagonistas para reflejar la podredumbre humana. El director y guionista, Ángel Suárez, tiene un manejo formidable de los planos, en los que transmite inquietud y misterio en la belleza; se desenvuelve tocando el cine contemplativo.

La casa es el espacio que delimita el drama; una estructura precaria, carente de paredes y vulnerable ante el entorno. Esta vivienda funciona como una prisión envuelta por un mar de emociones, donde la sensación de claustrofobia se intensifica con el ruido del oleaje, efecto que se acentúa en la gran pantalla a través de un formato de imagen casi cuadrado.

Camila, víctima de los abusos de su padre, vive en la pobreza, pero más aún, en la precariedad humana: la barbarie solapada con versículos bíblicos. Posteriormente, tras un suceso brutal y sangriento, descubrimos el origen de todos los males. Es aquí donde se manifiesta el terror folclórico en un flashback, un recurso que, no obstante, desdibuja el halo enigmático que estaba construyendo el guion.

A pesar de ello, Suárez demuestra que su ópera prima es un diamante en bruto; con pocos problemas en montaje y algunas decisiones desacertadas para mantener el ritmo, pero con un dominio suficiente para hacer del terror un género contemplativo, todo un reto dado lo atípico de la propuesta en el panorama del cine. 

Por otro lado, hay una atractiva narrativa que aborda el tema familiar, tal vez con crueldad hacia sus personajes, pero que no deja de reflejar la conexión emocional, sobre todo en la relación con los hermanos menores interpretados por Santiago Ramos y Maia Rolas, almas inocentes atrapadas por las manifestaciones sobrenaturales.

Más allá del tejido argumental, la historia señala el abuso de autoridad, el maltrato infantil, el silencio y las decisiones de último momento que intentan, tardíamente, detener las tragedias.

La actuación de Vizcaíno sobresale, representando cada nivel de miedo que transmite la historia, por su parte, la mirada de Lozada proyecta tanto la amenaza como su propia frustración, mientras que Duque encarna el silencio y la impotencia con un rostro que lo expresa todo. Cabe destacar la notable fotografía, el maquillaje y el diseño de iluminación y grabaciones nocturnas, así como el diseño sonoro y la música original, aunque los momentos de mayor impacto son aquellos donde prevalecen únicamente las interpretaciones y los sonidos naturales del entorno.

Aunque La orilla no envía al espectador un mensaje complejo y explícito como moraleja, y eso se evidencia cuando en la misma obra hay diálogos breves, se percibe que los conflictos exponen los claroscuros del ser humano: las decisiones mundanas que buscan solución en lo sagrado, donde la fe o la creencia no es suficiente para la redención, sino que es un lenguaje que auspicia la destrucción de toda fortaleza; es la marea que exhala el terror. La orilla es el límite entre el silencio y los gritos; es la franja que une las malas decisiones del abismo absoluto.

Premios y equipo

La orilla ha tenido un recorrido triunfal por festivales: ganó como Mejor Largometraje Venezolano en el séptimo Festival El Grito 2025 y una Mención Especial Honrosa en el octavo Festival Internacional de Cine Fantástico Insólito en Lima, Perú.

Equipo de La orilla:

Escrito y dirigido por Ángel Suárez. Producido por Amada Lazo. Asistente de dirección: Luzmeida Lucas. Dirección de fotografía: Juan A. Contreras. Asistente de fotografía Jacob Narváez.Foto fija Jesús Ramírez y Frank Arleo.Gaffer: Oniel Arteaga. Dirección de arte: Ofelia Regueira.Utilería: Alejandra Almenarmaría Marín. Maquillaje: Ofelia Regueira/ZuliedyCalderín.Vestuario Josmary Guerra. Música y sonido: Carlos Díaz. Script: Williams Mendoza. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: internet

NOTA: crítica publicada originalmente en la edición 1182 de Todasadentro (14 de marzo de 2026)