Crónica
sobre la fractura de la conexión
con el arte, donde el celular transforma al
espectador en un consumidor distraído
Se
mueven lentamente, están casi inmóviles y con la mirada fija en un solo lugar.
Son zombis, pero no como los de la película 28 años después: el templo de
los huesos, que hace poco vi en la sala de cine de Galerías Paraíso. Aún no
sé qué tan muertas están las personas que tienen en sus manos un smartphone
—o celular inteligente— y no dejan de verlo, encandilados por la luz de las
pantallas, viendo narrativas sin sentido y chistes tontos en TikTok y otras
variedades que se consiguen en las redes digitales.
Ese
día, viendo el largometraje de una historia postapocalíptica, con el esfuerzo
de los zombis en la gran pantalla por asustar a los espectadores, muchos no
miraban sino a su celular, deslizando el dedo en el panel táctil; casi
babeando, casi como si quisieran morder su propio dispositivo móvil. Un amigo,
a mi lado, por desgracia ya había sido infectado por el celular. Traté de ser
el último sobreviviente en la sala, aunque, rodeado de tantas pantallas, hasta
comenzaba a presentar los síntomas de la infección: ver los mensajes de
WhatsApp (“¿alguien me habrá escrito?, ¿qué ha publicado fulano en su estado?”).
Rendido
ante una tensión, solo eché una rápida mirada y, para reanimarme, tomé una foto
a una escena de 28 años después para justificar mi pequeña distracción.
Desde
hace varios años es común ver a gente con celular en mano mientras se proyecta
una película; sin embargo, cada vez es más constante y persistente.
Particularmente, siento una molestia cuando alguien enciende su pantalla: es
una falta de respeto ante la obra y con las personas que están atentas. Así sea
la peor película del mundo, el acto más decente es retirarse de la sala y no
molestar con el celular.
Ese
día recordé una parte del libro Estética e historia de las artes visuales
(1948), de Bernard Berenson. Busqué de nuevo el título para leer la palabra de
este lituano experto en arte; contribuyó con un concepto con el que estoy
totalmente de acuerdo y se trata del “momento estético”. En sus palabras, lo
define como: “Ese instante fugaz, tan breve hasta ser casi sin tiempo, cuando
el espectador es un todo con la obra de arte que está contemplando, o con la
realidad de cualquier género que el espectador mismo ve en términos de arte,
como son la forma y el color. Cesa de ser su propio yo ordinario, y la pintura
o el edificio, estatua, paisaje o realidad estética ya no están fuera de él.
Ambos se convierten en una sola entidad: el tiempo y el espacio son abolidos, y
el espectador está poseído de un único conocimiento”.
Berenson
explica que, en ese momento estético, el sujeto vuelve en sí con una idea que
lo ilumina. En los últimos siete años del siglo XXI, lo que más ilumina al
momento de estar frente a una obra de arte es el flash de una cámara celular o
la pantalla de la misma frente a nuestra cara. Estamos sufriendo la
interrupción del momento estético; no estamos disfrutando de las obras de arte,
actuamos como consumidores que buscan la distracción fácil y rápida.
No
es casualidad que últimamente salgan debates y críticas sobre Netflix. Este
servicio de streaming ha producido películas cuyas estructuras narrativas
fueron forjadas de manera estratégica para que el espectador disfrute mientras
revisa su celular; esto lo ha afirmado en declaraciones recientes el actor y
guionista estadounidense Matt Damon en el podcast Joe Rogan Experience,
según reseñó Infobae (18 de enero de 2026).
Damon
explicó que lo mejor de la película (por ejemplo, en una de acción) está en los
primeros cinco minutos, donde el espectáculo requiere de la mayor parte del presupuesto.
Igualmente, afirmó que los guionistas están obligados a repetir los diálogos de
los personajes para que las personas estén al tanto de las tramas ante la
distracción de los celulares.
Este
estado zombi no solo ocurre en las salas de cine, también cuando vemos, por
ejemplo, una exposición de artes plásticas, donde las personas están más
interesadas en tomarse una foto con la obra que en tomarse el suficiente tiempo
para verla directamente con sus ojos; o cuando leemos un libro en formato
digital, somos vulnerables a las notificaciones y mensajes que llegan al
celular.
La
humanidad se está adaptando a las formas del hiperconsumo, pero está olvidando,
en el mundo del arte, participar en la profundización de las creaciones.
Regresando
al día que vi 28 años después… salí de la sala pensando si lo que
vivimos es solo el comienzo del apocalipsis.
En
las mesitas de espera frente a la taquilla de chucherías y palomitas de maíz,
la horda de zombis estaba sedada por la luz de las pantallas de sus celulares. No
escuché ningún comentario sobre la película. Salí hablando de 28 años
después con mi amigo; aunque no me había gustado mucho el largometraje, solo
hablaba para asegurarme que no estaba infectado como los demás en la sala.
Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas
Imagen: archivo
NOTA: Crónica/ensayo publicado originalmente en la edición 1176 de Todasadentro (31 de enero de 2026).



