Crónica sobre el velorio de la Cruz de Mayo, celebrado en Naiguatá, y su repercusión en los últimos días del mes
El sonido de los tambores y las
décimas cantadas por cultores del pueblo de Naiguatá me acercaron a un patio
llano con pocos asientos, cuyo balcón hacía frente al horizonte marino
guaireño. El lugar estaba vacío porque toda la atención se concentró a un lado
de una casa azul descamada, donde se había elevado la Cruz de Mayo, floreada
con girasoles.
Me quedé mirando la línea movediza
de las aguas en medio del cielo y la barriada colorida. Un suave murmullo
semejante al viento hizo que girara para encontrarme con una anciana en su
silla de ruedas. Sus ojos brillaban sobre los hilos entramados por una aguja y
manos pacientes y calurosas. Una melodía surgía de su boca, un arrullo que la
hacía sonreír mientras tejía. Repetía la variedad de cantos ofrecidos en el
velorio.
Así estuvo durante toda la tarde,
sonriendo en silencio mientras de fondo, jugando en la plaza de la comunidad,
la risa suave de los niños inundaba el espacio.
Ese primero de mayo había amanecido
con las nubes cargadas. En la tarde de ese mismo día, en Naiguatá, el cielo
seguía pariendo sus nubes grises. Sin embargo, encima de ellas estaba la luz
del sol calentando la humedad.
Entre el calor y la humedad, las
manos de la anciana tejían las raíces de su cotidianidad. Seguramente su
sonrisa aparecía tras un recuerdo por el ritmo y la melodía de la fulía
ejecutada por la agrupación. Y aunque mayo había comenzado sin lluvias, la
música, la poesía, la creación y la creencia cotidiana (como por ejemplo, la de esta señora que
tejía) eran el rocío para que germinara el amor por la vida.
En
el momento que escribo esta crónica ya han pasado varios días desde ese inicio
de mes.
Estamos
terminando mayo, con días calurosos, pero con otros días de lluvia que me
trasladan al mar y al susurro de Naiguatá; incluso, un breve sismo de magnitud
3.5, acontecido en La Guaira la noche del 16 de mayo y que repercutió en
Caracas, me hizo recordar el golpe del tambor y su resonancia en todo mi
cuerpo, como fuerza para continuar creyendo, creciendo y creando.
Stiven
Rodríguez Volcán/ Caracas
Imagen:
archivo




