Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de junio de 2026

Periodismo cultural: un oficio que no parece importante


Crónica y comentario sobre el periodismo cultural venezolano

Cada vez que hablo sobre el periodismo cultural parece que estoy encarnando un meme de antaño del viejísimo programa “Mujer, casos de la vida real”, conducido por Silvia Pinal, cuando decía la contundente frase: “Acompáñame a ver esta triste historia”. La cosa comienza así: en una conversación fortuita con una colega, en la que hablábamos de su “peregrinar” en la fuente política, se me ocurrió comentar: “Qué bueno que estoy en cultura, no me gusta otra fuente”. Un silencio se dilató en pocos segundos, hasta que ella pronunció: “Sí, es que la fuente cultural es fácil. Se hacen contenidos fáciles de digerir”.

Por un momento me sentí noqueado, porque admitía la dificultad y rigurosidad de su área. Sin embargo, su pensamiento reflejaba más que una banalidad: el retrato de una característica cada vez más dominante en los medios de información. El periodismo cultural “no es importante”, ya que su nombre ha tenido que cargar, sobre todo desde los últimos 26 años (y especialmente en esta era donde las redes “sociales” son ahora el principal vehículo que transmite información), con las afinidades del entretenimiento y el espectáculo que cubren la vida superficial y la brillantina del vacío.

Esta breve anécdota triste forma parte de mi colección sobre un oficio que no se valora porque ciertos grupos elitescos quieren quitarle presencia a todo aquello que pueda ser un espacio de creación y reflexión; quieren que la gente deje de pensar y se deje llevar por los cantos de sirena que surgen de las profundidades de nuestras pantallas. Está en el entendimiento, aparentemente colectivo, de que la cultura es aquello que se consume, porque así lo ha inyectado la sociedad capitalista: todo tiene sentido si lo consumes, aun cuando sea gratis, y con más razón si lo compraste. También se trata de la cultura de la apariencia, porque no está sujeta a las raíces de las comunidades, sino que ese estilo de vida que pretende ser universal se fabrica en los subterráneos del mercado.

¿Cómo la gente no va a creer que la fuente cultural no es más que superficialidades, si lo que difunden los grandes medios de información son espectáculos cuyo contenido pierde importancia en el instante mismo en que se publica y, acaso, cuando se lee? Hay poca información difundida en los medios que nos asombre, nos revele un conocimiento y nos invite a ser partícipes en una expresión artística o tradicional. La tendencia dominante no es el periodismo que nos apoya en la formación informal, sino aquel que informa datos sin trascendencia en nuestras vidas para reforzar la mentira que vivimos como sociedad.

Sin embargo, aunque cuente esta triste historia y mis opiniones tiendan a vestirse de pesimismo, sí creo que en Venezuela existe todavía un periodismo cultural que trata de desentrañar las preocupaciones actuales de la humanidad. Este periodismo no entra en la categoría de viralidad en las redes porque no se adapta a las estructuras de la interacción automática y de la irreflexión; por ello vemos que muchas veces las publicaciones culturales de profundidad no se difunden bien por plataformas digitales. No se trata de los espectadores, sino de las herramientas que condicionan, en este caso, a sujetos como consumidores de contenidos fáciles y vacíos. Por ello pienso que es necesario —y no por nostalgia— la recuperación del formato impreso en el periodismo escrito, ya que este permite una interacción distinta: una que no distrae, sino que nos otorga la misma concentración que podríamos tener con un libro. Y esto es un aspecto fundamental dentro de la fuente cultural.

Por otro lado, en nuestro país veo cada vez más el desmantelamiento de espacios de difusión que son significativos para la vida humana —o por lo menos eso creo—, ya que no hay muchas referencias actuales que asomen un panorama satisfactorio del periodismo cultural.

Este 27 de junio se celebra el Día Nacional del Periodista, y es bueno recordar esta ramificación del oficio que se dedica a las culturas, porque se encarga de hacer consciente que la cultura venezolana existe y es de todas y todos.

Como lo expresa el escritor y periodista Armando José Sequera en su aproximación al término, en su libro Cultura y patrimonio (publicado por el Consejo Nacional de la Cultura, 2004), donde señala: “La cultura venezolana es un patrimonio de todos y no de grupos, congregaciones, partidos o personas. Es lo que nos une, lo que nos hace un solo corazón palpitando sobre el planeta Tierra” (p. 94).

En esta ocasión ya no solo es el hecho de que se denuncie que la cultura venezolana está acaparada por unos cuantos, con poder económico, sino que es necesario que todas y todos sepan que existe la cultura de nuestra querida tierra; no solo la de las expresiones de las bellas artes (tradicionalmente bajo la hegemonía de las élites), sino la de las comunidades de nuestro país, que engendran y protegen sus tradiciones y expresiones artísticas populares.

Sin embargo, a pesar de que cuento esto, muchas veces somos los periodistas culturales quienes fallamos en nuestra labor de hacer conscientes nuestras artes y tradiciones ante la población receptora.

Recuerdo que hace un tiempo, en un encuentro con cultores, cultoras y artistas de una comunidad, varios periodistas habían llegado temprano al espacio de la actividad. Ya en el lugar estaban los creadores y creadoras, bostezando, sentados y casi acostados del aburrimiento porque estaban esperando a la autoridad como si fuera una estrella de Hollywood. En ningún momento vi que algún periodista se acercara a alguno de ellos; solo esperaron con una paciencia infinita a la autoridad para tomarle mil fotos y obtener de él un discurso que se repetiría miles de veces en todos los medios.

Es así como no solo se trata de la cultura de los medios, sino también de los mismos periodistas que caemos en el error de no visibilizarque existen nuestras culturas y que hay sujetos que la crean y protegen. Ese fracaso lleva a que la práctica periodística y la información difundida sea, como resuena en mi memoria: fácil y digerible.

Sin embargo, todavía hay periodistas en Venezuela que resisten desde su trinchera de la fuente. También he visto a viejas y jóvenes generaciones que apasionadamente apartan el automatismo y se adentran en nuestras culturas, aunque suelan ser seres invisibles. Y tal vez, esa sea la belleza de su oficio.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: Archivo

NOTA: Crónica/comentario publicada originalmente en la edición 1195 de Todasadentro, 2026.


sábado, 6 de junio de 2026

Opinión de "Golpes de pala" (2016), de Juan Calzadilla

 



Atestiguar al ciudadano quebrado 

En nuestro siglo las ciudades cada día son más sólidas. Los selladores asfálticos tapan sus grietas, pero las de los ciudadanos, los sujetos que caminan sobre ellas, quedan con las heridas abiertas, sobre todo con las hendiduras espirituales. Esto lo retrata el poeta Juan Calzadilla en el libro Golpes de pala (2016).

Sus poemas en prosa tienen la sentencia del aforismo. Atestiguamos al ciudadano quebrado, su naturaleza, sus contradicciones y su manera de adaptarse y de ser en el mundo.

La poética exacta de Calzadilla exhibe a la ciudad como un monstruo que no nos suelta, pero también como un espacio donde podemos descubrirnos en medio de las mentiras y los vacíos.

En los poemas Postal 1 y Postal 2,la mirada del poeta exhibe un acto cotidiano: todo ocurre en una parte de la ciudad dividida por un puente, y la de alguien en la ventana de un edificio, ajeno a la rutina, pero tan cerca de lanzarse desde el piso. Su palabra se dirige a nosotros como lectores, nos introduce en el mundo real.

En La piedra y los perros nos propone repensar las aspiraciones del ciudadano, cuando dice: “De allí que me impusiera como meta no tener meta alguna, saltando los obstáculos para continuar fuera de la Ley” (p.17).

Aunque parece describir a un personaje fracasado, en realidad revela a uno cuya naturaleza citadina comprende su entorno y se deja llevar por la caída; va a contracorriente.

En varias ocasiones podemos entender que la voz poética dice: “no sé a dónde voy”, como una especie de mantra para solventar los enredos de una ciudad.

En el poema Fragmentarista de mí mismo, leemos a un sujeto que expresa: “no puedo dejar de ser yo mismo” (p. 22), pero, sin embargo, los hechos lo empujan a ser fragmentario: la supervivencia le impide ser un todo. La cotidianidad de las sociedades contemporáneas divide al sujeto: las partes de su cuerpo (con sus funciones para el trabajo, según cada oficio), e incluso la división entre cuerpo, mente y alma.

El tema del suicidio es una constante, pero que va más allá del fatalismo y la decadencia, es un designio espiritual, cómo lo expresa en La vara ciega: “verifico la probabilidad de efectuar el santo dentro de mí mismo” (p.25).

 Vida y obra

En Altagracia de Orituco, estado Guárico, nació Juan Calzadilla (1930-2025). Fue una figura fundamental del arte y la literatura en Venezuela. Cofundador del grupo vanguardista El Techo de la Ballena en los años sesenta, destacó como poeta, dibujante, ensayista y crítico. Su propuesta plástica fusionó la escritura con formas caligráficas gestuales. Recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas y el de Literatura. Es uno de los autores fundamentales para conocer la poética de la ciudad. Para la escritura de este artículo leí Golpes de pala, publicado por la editorial El Perro y la Rana. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: publicado originalmente en la edición 1193 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".


viernes, 22 de mayo de 2026

Manos que tejen y un sismo como golpe de tambor

 

Crónica sobre el velorio de la Cruz de Mayo, celebrado en Naiguatá, y su repercusión en los últimos días del mes

El sonido de los tambores y las décimas cantadas por cultores del pueblo de Naiguatá me acercaron a un patio llano con pocos asientos, cuyo balcón hacía frente al horizonte marino guaireño. El lugar estaba vacío porque toda la atención se concentró a un lado de una casa azul descamada, donde se había elevado la Cruz de Mayo, floreada con girasoles.

Me quedé mirando la línea movediza de las aguas en medio del cielo y la barriada colorida. Un suave murmullo semejante al viento hizo que girara para encontrarme con una anciana en su silla de ruedas. Sus ojos brillaban sobre los hilos entramados por una aguja y manos pacientes y calurosas. Una melodía surgía de su boca, un arrullo que la hacía sonreír mientras tejía. Repetía la variedad de cantos ofrecidos en el velorio.

Así estuvo durante toda la tarde, sonriendo en silencio mientras de fondo, jugando en la plaza de la comunidad, la risa suave de los niños inundaba el espacio.

Ese primero de mayo había amanecido con las nubes cargadas. En la tarde de ese mismo día, en Naiguatá, el cielo seguía pariendo sus nubes grises. Sin embargo, encima de ellas estaba la luz del sol calentando la humedad.

Entre el calor y la humedad, las manos de la anciana tejían las raíces de su cotidianidad. Seguramente su sonrisa aparecía tras un recuerdo por el ritmo y la melodía de la fulía ejecutada por la agrupación. Y aunque mayo había comenzado sin lluvias, la música, la poesía, la creación y la creencia cotidiana  (como por ejemplo, la de esta señora que tejía) eran el rocío para que germinara el amor por la vida.

En el momento que escribo esta crónica ya han pasado varios días desde ese inicio de mes.

Estamos terminando mayo, con días calurosos, pero con otros días de lluvia que me trasladan al mar y al susurro de Naiguatá; incluso, un breve sismo de magnitud 3.5, acontecido en La Guaira la noche del 16 de mayo y que repercutió en Caracas, me hizo recordar el golpe del tambor y su resonancia en todo mi cuerpo, como fuerza para continuar creyendo, creciendo y creando.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1191 de Todasadentro, 2026,

sábado, 18 de abril de 2026

Opinión de "Filiación oscura" (1966), de Juan Sánchez Peláez

 


El claroscuro de la palabra y del ser  


Hay vínculos con ciertos poetas que alcanzan una dimensión sagrada. En esos casos, la lectura trasciende lo habitual para convertirse en un rito íntimo; allí, la palabra no delimita al ser, sino que lo acompaña, en su enigmático claroscuro, en el flujo de la existencia hasta volverse parte de ti,

Esa fue mi experiencia con Juan Sánchez Peláez. Aún resuena en mi memoria el impacto de leer, hace años, el poema VIII de Filiación oscura. Aquel poema es un inventario simbólico que se mezcla con lo terrenal, una enumeración que fragmenta al sujeto para provocar el misterio de la voz poética: “Mi áspid en el tatuaje / Mi desvelo en la casa de nadie” (p. 52).

 

Es un lenguaje que habita la imaginación a través del movimiento que cruza la frontera de la página y de nuestro aliento; aborda temas universales como la soledad, el desvelo, el amor, el erotismo, la memoria y la muerte.

 

En este poemario, Sánchez Peláez no utiliza la penumbra como un simple recurso estético; por el contrario, su luz está siempre envuelta en sombra. Existe una tensión en cada verso y en cada prosa breve, donde la yuxtaposición de las palabras construye un claroscuro revelador.

 

La composición tiene su confesión. El poeta revela el ritual: “Soplo el grano, paso el dedo en la llama. Me envanece la palabra que hallo, que busco en vilo” (p. 53). En esa búsqueda reside un sincretismo entre lo mundano y lo místico, logrando la consagración de lo fáctico.

 

Son poemas que exigen relecturas infinitas porque están creadas para ser avizorados. El poema es un cuerpo que se asoma; su parte visible es tan incandescente, tan intensa, que necesita, por fuerza, su lado oscuro. Así lo confirma el poema que da título al libro: “Para comenzar una historia verídica es necesario atraer / en sucesiva ordenación de ideas las ánimas, el / purgatorio y el infierno” (p. 60).

 

Esto me hace reflexionar sobre qué es lo que observamos realmente. En ese claroscuro de nuestras vidas, ¿realmente tenemos la convicción de lo que se confiesa como hecho es verdadero? ¿Cuánto hay de furtivo en las palabras que relatan ese hecho? ¿Qué es más relevador, lo oscuro o lo claro?

 

La vigilia aparece aquí como un estado de búsqueda constante e incluso de vigilancia. No es una poesía que se conforme con la belleza literaria; es una poesía como materialización de la memoria, en ella convive la pasión con un sufrimiento que reclama ser disipado. Su palabra es acción, con brillo y con la aspereza de lo que él define como “el enigma de ser” (p. 79).

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imágenes: archivo

Juan Sánchez Peláez: vida y obra

Poeta venezolano. Nació en Altagracia de Orituco, estado Guárico, el 25 de septiembre de 1922, y falleció el 20 de noviembre de 2003. Es una de las principales voces de la poesía venezolana, cuya obra ha influenciado a contemporáneos y a nuevas generaciones. Su producción se compone de pocos títulos, pero de gran significación, entre los que destacan Animal de costumbre (1959), Lo huidizo y lo permanente (1969) y Rasgos comunes (1975). Fue merecedor del Premio Nacional de Literatura en 1976. Para crear este artículo leí el apartado de Filiación oscura, integrada en su Antología poética, en la colección de Monte Ávila Editores Latinoamericana (2004).


NOTA: publicado originalmente en la edición 1186 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".

viernes, 3 de abril de 2026

Opinión de "Casi el murmullo" (2025), de Luis Alberto Crespo

 

Lo que queda de nosotros o lo que despojamos 

Cada día es una despedida de lo que se hizo y de lo que no se ha hecho; los años nos hacen avanzar y distanciarnos de lo que fuimos, no para dejar de ser, sino para despojarnos del peso que somos. Estas ideas me surgieron al leer el poemario más reciente de Luis Alberto Crespo.

Casi el murmullo es una obra densa e intensa. Es interesante que este autor de 84 años vuelve a su origen en todos sus escritos, a sus elementos comunes, aunque en este caso con escasez, como si en el susurro surgiera lo puro. Hay una reflexión sobre esa espera que es la despedida, pero que en la escritura se mantiene tan dura como la tierra.

“Soy terroso  maluco / Me crió la brasa  Por eso soy irme” (p. 17). Hay un adiós sin separación; igualmente es la memoria, o incluso la creencia de la memoria, a la que se vuelve y se va, un ciclo que se repite y se transforma con la palabra.

Puede que en la lectura nos sintamos enfrentados a ese abismo que es la despedida o el despojo, como un transitar en el que no volveremos y no seremos nada, aún más cuando aquello que nos sujeta y que tenemos se aparta para ser algo sin nuestra presencia. Sin embargo, hay un elemento etéreo que se eleva y nos ofrece otro aliento.

El blanco es un color protagonista en varios poemas para expresar autonomía en la errancia, pero incluso de aquel lapso en el que se es polvo. Ese momento de la muerte, que sigue causando emociones, se ejemplifica cuando el poeta habla de una flor seca destruida en sus manos para expresar: “Qué carroña su preciosidad” (p. 23), o en otros términos más cercanos a todo lo que tuvimos, esos andrajos y nuestro propio cuerpo y memoria: “ese montón de ti / Recógelo  guárdalo / consiéntelo” (p. 87).

Más allá de la lectura que se pueda hacer como la vejez de una vida, estos poemas ilustran esa linde en la que transitamos en distintas situaciones, eso vago que nos traspasa cada vez que cruzamos el final y el principio de un camino, para mirarnos en lo que queda de nosotros.

Luis Alberto Crespo: vida y obra

Crespo (Carora, estado Lara, 13 de abril de 1941) se crió con un padre que leía mucho, que le enseñó el universo de los libros, en un pueblo árido, cuyos elementos se convirtieron en poemas en Si el verano es dilatado (1968), con un estilo cercano al del poeta Ramón Palomares. Posteriormente sus rasgos cambian, su escritura poética se transforma, resultando en un estilo más hermético, misterioso y breve, en obras como Costumbre de sequía (1976) y Resolana (1980). Estudió Comunicación Social en la UCV. Forma parte de la generación de periodistas culturales de los años 70 en Venezuela. Fue director de El Papel Literario del diario El Nacional y de la revista Imagen. Ha sido reconocido con varios premios literarios. Ha publicado una extensa obra poética. Para este artículo leí la primera edición en Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2025.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: publicado originalmente en la edición 1179 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".


miércoles, 18 de marzo de 2026

"La orilla": donde las malas decisiones se hunden en el mar hasta que exhala el terror

 

Se estrenó el 26 de febrero de 2026 en salas de Venezuela. Una película margariteña dirigida y escrita por Ángel Suárez

La orilla: un cuento de la isla de Margarita empieza su acción con los sonidos del mar y del viento que rodean el retrato de la familia Martínez en el año 1989, en la Península de Macanao: Alejandro (padre), Juliana (madre), Camila (hija mayor), Luis y Ana (hijos menores). Un retrato que es corroído por las malas decisiones y la violencia.

El largometraje comienza enfocándose en la tensión, en ese padre autoritario y violento interpretado por el actor Juan Carlos Lozada. Toda esa opresión recae principalmente en la madre, encarnada por Elba Duque y, especialmente, en la hija mayor, representada por Ghitanyaly Vizcaíno.

El núcleo narrativo es el conflicto familiar, en el que las acciones y los gestos son los protagonistas para reflejar la podredumbre humana. El director y guionista, Ángel Suárez, tiene un manejo formidable de los planos, en los que transmite inquietud y misterio en la belleza; se desenvuelve tocando el cine contemplativo.

La casa es el espacio que delimita el drama; una estructura precaria, carente de paredes y vulnerable ante el entorno. Esta vivienda funciona como una prisión envuelta por un mar de emociones, donde la sensación de claustrofobia se intensifica con el ruido del oleaje, efecto que se acentúa en la gran pantalla a través de un formato de imagen casi cuadrado.

Camila, víctima de los abusos de su padre, vive en la pobreza, pero más aún, en la precariedad humana: la barbarie solapada con versículos bíblicos. Posteriormente, tras un suceso brutal y sangriento, descubrimos el origen de todos los males. Es aquí donde se manifiesta el terror folclórico en un flashback, un recurso que, no obstante, desdibuja el halo enigmático que estaba construyendo el guion.

A pesar de ello, Suárez demuestra que su ópera prima es un diamante en bruto; con pocos problemas en montaje y algunas decisiones desacertadas para mantener el ritmo, pero con un dominio suficiente para hacer del terror un género contemplativo, todo un reto dado lo atípico de la propuesta en el panorama del cine. 

Por otro lado, hay una atractiva narrativa que aborda el tema familiar, tal vez con crueldad hacia sus personajes, pero que no deja de reflejar la conexión emocional, sobre todo en la relación con los hermanos menores interpretados por Santiago Ramos y Maia Rolas, almas inocentes atrapadas por las manifestaciones sobrenaturales.

Más allá del tejido argumental, la historia señala el abuso de autoridad, el maltrato infantil, el silencio y las decisiones de último momento que intentan, tardíamente, detener las tragedias.

La actuación de Vizcaíno sobresale, representando cada nivel de miedo que transmite la historia, por su parte, la mirada de Lozada proyecta tanto la amenaza como su propia frustración, mientras que Duque encarna el silencio y la impotencia con un rostro que lo expresa todo. Cabe destacar la notable fotografía, el maquillaje y el diseño de iluminación y grabaciones nocturnas, así como el diseño sonoro y la música original, aunque los momentos de mayor impacto son aquellos donde prevalecen únicamente las interpretaciones y los sonidos naturales del entorno.

Aunque La orilla no envía al espectador un mensaje complejo y explícito como moraleja, y eso se evidencia cuando en la misma obra hay diálogos breves, se percibe que los conflictos exponen los claroscuros del ser humano: las decisiones mundanas que buscan solución en lo sagrado, donde la fe o la creencia no es suficiente para la redención, sino que es un lenguaje que auspicia la destrucción de toda fortaleza; es la marea que exhala el terror. La orilla es el límite entre el silencio y los gritos; es la franja que une las malas decisiones del abismo absoluto.

Premios y equipo

La orilla ha tenido un recorrido triunfal por festivales: ganó como Mejor Largometraje Venezolano en el séptimo Festival El Grito 2025 y una Mención Especial Honrosa en el octavo Festival Internacional de Cine Fantástico Insólito en Lima, Perú.

Equipo de La orilla:

Escrito y dirigido por Ángel Suárez. Producido por Amada Lazo. Asistente de dirección: Luzmeida Lucas. Dirección de fotografía: Juan A. Contreras. Asistente de fotografía Jacob Narváez.Foto fija Jesús Ramírez y Frank Arleo.Gaffer: Oniel Arteaga. Dirección de arte: Ofelia Regueira.Utilería: Alejandra Almenarmaría Marín. Maquillaje: Ofelia Regueira/ZuliedyCalderín.Vestuario Josmary Guerra. Música y sonido: Carlos Díaz. Script: Williams Mendoza. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: internet

NOTA: crítica publicada originalmente en la edición 1182 de Todasadentro (14 de marzo de 2026)

lunes, 9 de febrero de 2026

"Una dosis de deseo": creación y trascendencia tras las máscaras

 

Propuesta de la agrupación Teatro de la Penumbra, con la dirección y creación de Andreina Polidor 

Cuatro personajes transmiten los diferentes matices del deseo, como el ansia, el anhelo, la ilusión… Cuando vemos sus máscaras debemos atender a sus acciones y diálogos; a medida que avanzan en el recorrido emocional, sus rostros revelan la verdad que materializan en la ficción: crear para ser libres y trascender.

Una dosis de deseo, propuesta dirigida por Andreina Polidor, es una versión libre de la clásica obra Un tranvía llamado deseo (1947), de Tennessee Williams, cuya historia es irrumpida por los actores.

En el ensayo Definición del arte (1968), de Umberto Eco, el escritor interpreta un concepto del filósofo Luigi Pareyson, de la siguiente manera: “toda vida humana (…) es invención, producción de formas”. Bajo esta premisa, Claudia Rojas, Mariángela Nogueras, José Alberto Briceño y Jeizer Ruiz, elenco que interpreta hábil e ingeniosamente a los principales protagonistas de la obra de Williams: Blanche, Stella, Stanley y Mitch, conjuran el teatro dentro del teatro, y cada uno de los intérpretes hace de sus voces y de sus cuerpos la materia para crear un sentido nuevo que impacta al público.

El discurso humorístico, reflexivo e incluso violento forma representaciones mundanas y divinas que, como fábula y mitología, enseñan la motivación y la constancia de una generación de jóvenes venezolanos que entiende su presente en medio de las crisis, liberándose al transitan su propio lenguaje; una expresión en busca del origen, capaz de conseguir respuestas desde lo efímero, trascendiendo en el acto ritual estético.

Los espectadores no verán una historia tradicional sobre Un tranvía llamado deseo, lo que propone Una dosis de deseo es que observemos las distintas máscaras/rostros de sus personajes, porque en sus ojos podemos encontrar la ilusión como esperanza de cada actriz y actor. Polidor concibe, de manera libre y colectiva con el espíritu del elenco, otro final del drama.

Para realizar esta reseña asistí a la función de la temporada 2026, en el Teatro Luis Peraza, sede del Centro de Creación Artística TET en Caracas. 

 

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Foto: Cortesía Teatro de la Penumbra, Yull Terán

NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1177 de Todasadentro (7 de febrero de 2026)

Opinión de "Música para camaleones" (1980), de Truman Capote

 

La belleza de los inverosímil

La lectura que tuve de Música para camaleones fue toda una epifanía sobre la belleza de lo inverosímil. Truman Capote, en su narrativa de no ficción, expone el espíritu inquieto y extravagante de sus personajes y nos muestra que la cotidianidad esconde, caprichosamente, el laberinto humano.

Son 14 relatos magistralmente escritos. La identidad de su escritura no es la misma que A sangre fría. Aquí la narración tiene su filosofía: mientras sea más breve y esté despojada de hechos sin relevancia, será más personal. Cada relato es un retrato que respira a través de su Yo.

Desde aristócratas, pasando por estrellas de cine, hasta la clase popular, en todos exhibe un brillo excéntrico. Varias historias están protagonizadas por mujeres y muchas de ellas —así lo transmite de manera oblicua en los relatos— importantes en la vida de este escritor estadounidense.

Por ejemplo, en Un día de trabajo conocemos a Mary Sánchez, una empleada de hogar. Ella —negra y católica— conoce la intimidad de sus clientes. Aunque es responsable, vemos su orgullo y alguna imprudencia con la hierba peruana. Capote desnuda su vida privada y localizamos la bondad en ella.

Por otra parte, una de las crónicas más célebres es Una hermosa criatura. Conocemos la amistad que tiene con Marilyn Monroe en un episodio muy peculiar. En el velorio de la actriz Constance Collier, Capote describe el atuendo de Marilyn como si “estuviera interpretando a La novia de Drácula” para no ser reconocida. Con ironía, nos acerca a este personaje con el cual mantiene diálogos muy divertidos para desentrañar la personalidad de la bella modelo. Nos muestra que su frivolidad, sin embargo, es solo una capa, porque hay una mujer en constante introspección.

Igualmente, destaco piezas como la homónima que da nombre al libro, y que muestra situaciones que parecen sacadas de un sueño; o Deslumbramiento, una confesión sobre la infancia del autor y su vínculo con una esotérica. En fin, la piedra preciosa de Música para camaleones es el secreto revelado; pero el mismo descubrimiento se convierte, a menudo, en otro enigma.

Truman Capote: vida y obra



Capote (30 de septiembre de 1924 - 25 de agosto de 1984) abrazó la literatura desde muy joven. A los 19 años publicó su primer relato, y a los 23, la novela Otras voces, otros ámbitos. En la revista The New Yorker su firma comenzó a sonar en el mundo hollywoodense. Ya a una edad adulta avanzada, muchas de sus crónicas sociales causaron escándalos.  Fue aclamado por la novela de ficción Desayuno en Tiffany's (1958). El impacto de la publicación de A sangre fría (1966) originó la corriente del Nuevo Periodismo en Estados Unidos.

Leí la edición de la editorial Bruguera (1981). Traducción de Benito Gómez Ibáñez. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Foto e ilustración: internet y archivo

NOTA: publicado originalmente en la edición 1177 de Todasadentro (7 de febrero de 2026), sección "Librolatría".

sábado, 31 de enero de 2026

Zombis en la sala: la interrupción del momento estético

 

Crónica sobre la fractura de la conexión con el arte, donde el celular transforma al espectador en un consumidor distraído

 

Se mueven lentamente, están casi inmóviles y con la mirada fija en un solo lugar. Son zombis, pero no como los de la película 28 años después: el templo de los huesos, que hace poco vi en la sala de cine de Galerías Paraíso. Aún no sé qué tan muertas están las personas que tienen en sus manos un smartphone —o celular inteligente— y no dejan de verlo, encandilados por la luz de las pantallas, viendo narrativas sin sentido y chistes tontos en TikTok y otras variedades que se consiguen en las redes digitales.

​Ese día, viendo el largometraje de una historia postapocalíptica, con el esfuerzo de los zombis en la gran pantalla por asustar a los espectadores, muchos no miraban sino a su celular, deslizando el dedo en el panel táctil; casi babeando, casi como si quisieran morder su propio dispositivo móvil. Un amigo, a mi lado, por desgracia ya había sido infectado por el celular. Traté de ser el último sobreviviente en la sala, aunque, rodeado de tantas pantallas, hasta comenzaba a presentar los síntomas de la infección: ver los mensajes de WhatsApp (“¿alguien me habrá escrito?, ¿qué ha publicado fulano en su estado?”).

​Rendido ante una tensión, solo eché una rápida mirada y, para reanimarme, tomé una foto a una escena de 28 años después para justificar mi pequeña distracción.

​Desde hace varios años es común ver a gente con celular en mano mientras se proyecta una película; sin embargo, cada vez es más constante y persistente. Particularmente, siento una molestia cuando alguien enciende su pantalla: es una falta de respeto ante la obra y con las personas que están atentas. Así sea la peor película del mundo, el acto más decente es retirarse de la sala y no molestar con el celular.

​Ese día recordé una parte del libro Estética e historia de las artes visuales (1948), de Bernard Berenson. Busqué de nuevo el título para leer la palabra de este lituano experto en arte; contribuyó con un concepto con el que estoy totalmente de acuerdo y se trata del “momento estético”. En sus palabras, lo define como: “Ese instante fugaz, tan breve hasta ser casi sin tiempo, cuando el espectador es un todo con la obra de arte que está contemplando, o con la realidad de cualquier género que el espectador mismo ve en términos de arte, como son la forma y el color. Cesa de ser su propio yo ordinario, y la pintura o el edificio, estatua, paisaje o realidad estética ya no están fuera de él. Ambos se convierten en una sola entidad: el tiempo y el espacio son abolidos, y el espectador está poseído de un único conocimiento”.

​Berenson explica que, en ese momento estético, el sujeto vuelve en sí con una idea que lo ilumina. En los últimos siete años del siglo XXI, lo que más ilumina al momento de estar frente a una obra de arte es el flash de una cámara celular o la pantalla de la misma frente a nuestra cara. Estamos sufriendo la interrupción del momento estético; no estamos disfrutando de las obras de arte, actuamos como consumidores que buscan la distracción fácil y rápida.

​No es casualidad que últimamente salgan debates y críticas sobre Netflix. Este servicio de streaming ha producido películas cuyas estructuras narrativas fueron forjadas de manera estratégica para que el espectador disfrute mientras revisa su celular; esto lo ha afirmado en declaraciones recientes el actor y guionista estadounidense Matt Damon en el podcast Joe Rogan Experience, según reseñó Infobae (18 de enero de 2026).

​Damon explicó que lo mejor de la película (por ejemplo, en una de acción) está en los primeros cinco minutos, donde el espectáculo requiere de la mayor parte del presupuesto. Igualmente, afirmó que los guionistas están obligados a repetir los diálogos de los personajes para que las personas estén al tanto de las tramas ante la distracción de los celulares.

​Este estado zombi no solo ocurre en las salas de cine, también cuando vemos, por ejemplo, una exposición de artes plásticas, donde las personas están más interesadas en tomarse una foto con la obra que en tomarse el suficiente tiempo para verla directamente con sus ojos; o cuando leemos un libro en formato digital, somos vulnerables a las notificaciones y mensajes que llegan al celular.

​La humanidad se está adaptando a las formas del hiperconsumo, pero está olvidando, en el mundo del arte, participar en la profundización de las creaciones.

Regresando al día que vi 28 años después… salí de la sala pensando si lo que vivimos es solo el comienzo del apocalipsis.

En las mesitas de espera frente a la taquilla de chucherías y palomitas de maíz, la horda de zombis estaba sedada por la luz de las pantallas de sus celulares. No escuché ningún comentario sobre la película. Salí hablando de 28 años después con mi amigo; aunque no me había gustado mucho el largometraje, solo hablaba para asegurarme que no estaba infectado como los demás en la sala.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

 NOTA: Crónica/ensayo publicado originalmente en la edición 1176 de Todasadentro (31 de enero de 2026).

domingo, 25 de enero de 2026

Opinión de "El viejo y el mar" (1952), de Ernest Hemingway


 

La victoria de un hombre ante la inmensidad de las adversidades

La siguiente narración trata sobre un viejo en una travesía más grande que su vida. Es un hombre endurecido por los años y por unos breves días, cuyas horas se dilataron en un tiempo incalculable. Es un pescador que cazó un marlín gigante, y que venció en nuestro imaginario como si hubiera luchado contra la inmensidad del mar.

 

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, es una pequeña épica de un hombre solo que va a contracorriente de su mala suerte y las adversidades. La valentía de Santiago continúa y culmina su faena. Es un ser humano, sin embargo, sensible, con sueños; su rigidez solo es un carácter para el trabajo duro. Manolín es el personaje secundario de esta novela breve que solo aparece al principio y al final, como una voz que traza un círculo escritural con el objetivo de evidenciar que un hombre siempre debe contar con su semejante; ese otro, en este caso, es un discípulo y que funge como puente entre la juventud y la vejez.

 

A pesar del cariño entre ambos personajes, Santiago desafía su realidad, tras 84 días sin pescar nada en el mar de La Habana, Cuba. Se describe a un habitante muy pobre de la isla. Un hombre arrugado y con constantes sueños sobre su juventud, que incluyen los recuerdos de los leones marinos en sus viajes hacia África y las luchas de brazos en tabernas.

 

En la inmensidad del mar, dentro de un pequeño bote, el viejo se une al universo del agua, es otro ser que dialoga con todos los seres vivos, desde los pequeños peces hasta un pajarito que llega hasta él. Hemingway narra con sutileza la poesía del mar. Sin embargo, esa misma belleza arropa la violencia y el dolor. Cuando el gran pez aparece, el hombre se enfrenta a una lucha que no es directa, sino que lo arroja a un combate de fuerza interna, manifestando su condición de ser.

 

Una de las frases más célebres que ha escrito el Nobel de Literatura, está en la voz de Santiago: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Aunque la narración parece construir el retrato de un viejo en pedazos, con sus dolencias; no obstante, su ánimo, impulsado por el amor que surge en su interacción con aquellos seres y elementos que forman parte de su vida, lo llevan a enfrentar el dolor de las heridas, tanto físicas como emocionales.

 

Cuando Santiago llama al marlín como su "hermano" y, a pesar de ello, le promete su muerte, desde la naturaleza del personaje principal vemos que se trata de un relato que habla sobre la contradicción del ser humano, que crece entre la empatía y la ferocidad.

 

Al final, tras una batalla con varios tiburones, el viejo regresa a la playa. La narrativa de Hemingway desnuda al personaje, muestra su alma e incluso los huesos de su brío; se trata de una victoria espiritual, una de muchas dificultades que, en la vida de cada hombre y mujer y en situaciones distintas, no terminará hasta el último suspiro.


Ernest Hemingway: vida y obra

​Hemingway (21 de julio de 1899 - 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense. Muchas de sus novelas y cuentos se basaron en hechos reales que vivió como una aventura cruda. Aunque quería combatir en la Primera Guerra Mundial, no fue aceptado debido a su mala vista, por lo que se alistó en el frente italiano como conductor de ambulancia.



​Más tarde, trabajó como corresponsal extranjero en París, y formó parte del grupo llamado la Generación Perdida. Durante su estancia en España, continuó su labor periodística cubriendo la Guerra Civil. De esas dos experiencias surgieron dos de sus obras maestras: Adiós a las armas (1929) y Por quién doblan las campanas (1940). La experiencia acumulada le seguiría brindando material para sus relatos y novelas.

​En 1934, Hemingway compró su propio barco pesquero, el cual navegó por la Corriente del Golfo, primero desde su casa en Cayo Hueso (Florida) y posteriormente desde Cojímar (Cuba). Tenía una gran afición por la caza y la pesca, por lo que El viejo y el mar es una historia magistralmente documentada que le valió el Premio Pulitzer en 1953 y, posteriormente, le abrió el camino hacia el Premio Nobel de Literatura en 1954.

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imágenes: internet y archivo

NOTA: publicado originalmente en la edición 1175 de Todasadentro (24 de enero de 2026), sección "Librolatría".