Hay vínculos con ciertos poetas que alcanzan una dimensión sagrada. En esos casos, la lectura trasciende lo habitual para convertirse en un rito íntimo; allí, la palabra no delimita al ser, sino que lo acompaña, en su enigmático claroscuro, en el flujo de la existencia hasta volverse parte de ti,
Esa fue mi experiencia con Juan Sánchez
Peláez. Aún resuena en mi memoria el impacto de leer, hace años, el poema VIII de Filiación oscura. Aquel poema es un inventario simbólico que se
mezcla con lo terrenal, una enumeración que fragmenta al sujeto para provocar
el misterio de la voz poética: “Mi áspid en el tatuaje / Mi desvelo en la casa
de nadie” (p. 52).
Es un lenguaje que habita la imaginación a
través del movimiento que cruza la frontera de la página y de nuestro aliento; aborda
temas universales como la soledad, el desvelo, el amor, el erotismo, la memoria
y la muerte.
En este poemario, Sánchez Peláez no utiliza la
penumbra como un simple recurso estético; por el contrario, su luz está siempre
envuelta en sombra. Existe una tensión en cada verso y en cada prosa breve,
donde la yuxtaposición de las palabras construye un claroscuro revelador.
La composición tiene su confesión. El poeta
revela el ritual: “Soplo el grano, paso el dedo en la llama. Me envanece la
palabra que hallo, que busco en vilo” (p. 53). En esa búsqueda reside un
sincretismo entre lo mundano y lo místico, logrando la consagración de lo
fáctico.
Son poemas que exigen relecturas infinitas
porque están creadas para ser avizorados. El poema es un cuerpo que se asoma;
su parte visible es tan incandescente, tan intensa, que necesita, por fuerza,
su lado oscuro. Así lo confirma el poema que da título al libro: “Para comenzar
una historia verídica es necesario atraer / en sucesiva ordenación de ideas las
ánimas, el / purgatorio y el infierno” (p. 60).
Esto me hace reflexionar sobre qué es lo que
observamos realmente. En ese claroscuro de nuestras vidas, ¿realmente tenemos
la convicción de lo que se confiesa como hecho es verdadero? ¿Cuánto hay de
furtivo en las palabras que relatan ese hecho? ¿Qué es más relevador, lo oscuro
o lo claro?
La vigilia aparece aquí como un estado de búsqueda
constante e incluso de vigilancia. No es una poesía que se conforme con la
belleza literaria; es una poesía como materialización de la memoria, en ella
convive la pasión con un sufrimiento que reclama ser disipado. Su palabra es acción,
con brillo y con la aspereza de lo que él define como “el enigma de ser” (p.
79).
Stiven Rodríguez
Volcán/ Caracas
Imágenes: archivo
Juan
Sánchez Peláez: vida y obra
Poeta
venezolano. Nació en Altagracia de Orituco, estado Guárico, el 25 de septiembre
de 1922, y falleció el 20 de noviembre de 2003. Es una de las principales voces
de la poesía venezolana, cuya obra ha influenciado a contemporáneos y a nuevas
generaciones. Su producción se compone de pocos títulos, pero de gran
significación, entre los que destacan Animal de costumbre (1959), Lo
huidizo y lo permanente (1969) y Rasgos comunes (1975). Fue
merecedor del Premio Nacional de Literatura en 1976. Para crear este artículo
leí el apartado de Filiación oscura,
integrada en su Antología poética, en
la colección de Monte Ávila Editores Latinoamericana (2004).
NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1186 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".
