Cada
día es una despedida de lo que se hizo y de lo que no se ha hecho; los años nos
hacen avanzar y distanciarnos de lo que fuimos, no para dejar de ser, sino para
despojarnos del peso que somos. Estas ideas me surgieron al leer el poemario
más reciente de Luis Alberto
Crespo.
Casi el murmullo es una obra densa e
intensa. Es interesante que este autor de 84 años vuelve a su origen en todos
sus escritos, a sus elementos comunes, aunque en este caso con escasez, como si en el susurro
surgiera lo puro. Hay una reflexión sobre esa espera que es la despedida, pero
que en la escritura se mantiene tan dura como la tierra.
“Soy
terroso maluco / Me crió la brasa Por eso soy irme” (p. 17). Hay un adiós sin
separación; igualmente es la memoria, o incluso la creencia de la memoria, a la
que se vuelve y se va, un ciclo que se repite y se transforma con la palabra.
Puede
que en la lectura nos sintamos enfrentados a ese abismo que es la despedida o
el despojo, como un transitar en el que no volveremos y no seremos nada, aún más cuando aquello que nos
sujeta y que tenemos se aparta para ser algo sin nuestra presencia. Sin
embargo, hay un elemento etéreo que se eleva y nos ofrece otro aliento.
El
blanco es un color protagonista en varios poemas para expresar autonomía en la
errancia, pero incluso de aquel lapso en el que se es polvo. Ese momento de la
muerte, que sigue causando emociones, se ejemplifica cuando el poeta habla de
una flor seca
destruida en sus manos para expresar: “Qué carroña su preciosidad” (p. 23), o
en otros términos más cercanos a todo lo que tuvimos, esos andrajos y nuestro
propio cuerpo y memoria: “ese montón de ti / Recógelo guárdalo / consiéntelo” (p. 87).
Más
allá de la lectura que se pueda hacer como la vejez de una vida, estos poemas ilustran
esa linde en la que transitamos en distintas situaciones, eso vago que nos
traspasa cada vez que cruzamos el final y el principio de un camino, para
mirarnos en lo que queda de nosotros.
Luis
Alberto Crespo: vida y obra
Crespo
(Carora, estado Lara, 13 de abril de 1941) se crió con un padre que leía mucho,
que le enseñó el universo de los libros, en un pueblo árido, cuyos elementos se
convirtieron en poemas en Si el verano es
dilatado (1968), con un estilo cercano al del poeta Ramón Palomares.
Posteriormente sus rasgos cambian, su escritura poética se transforma,
resultando en un estilo más hermético, misterioso y breve, en obras como Costumbre de sequía (1976) y Resolana (1980). Estudió Comunicación
Social en la UCV. Forma parte de la generación de periodistas culturales de los
años 70 en Venezuela. Fue director de El Papel Literario del diario El Nacional y de la revista Imagen. Ha sido reconocido con varios
premios literarios. Ha publicado una extensa obra poética. Para esta reseña leí
la primera edición en Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2025.
Stiven
Rodríguez Volcán/ Caracas
Imagen: archivo
NOTA: Reseña publicada originalmente en la edición 1179 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".
