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sábado, 20 de junio de 2026

Periodismo cultural: un oficio que no parece importante


Crónica y comentario sobre el periodismo cultural venezolano

Cada vez que hablo sobre el periodismo cultural parece que estoy encarnando un meme de antaño del viejísimo programa “Mujer, casos de la vida real”, conducido por Silvia Pinal, cuando decía la contundente frase: “Acompáñame a ver esta triste historia”. La cosa comienza así: en una conversación fortuita con una colega, en la que hablábamos de su “peregrinar” en la fuente política, se me ocurrió comentar: “Qué bueno que estoy en cultura, no me gusta otra fuente”. Un silencio se dilató en pocos segundos, hasta que ella pronunció: “Sí, es que la fuente cultural es fácil. Se hacen contenidos fáciles de digerir”.

Por un momento me sentí noqueado, porque admitía la dificultad y rigurosidad de su área. Sin embargo, su pensamiento reflejaba más que una banalidad: el retrato de una característica cada vez más dominante en los medios de información. El periodismo cultural “no es importante”, ya que su nombre ha tenido que cargar, sobre todo desde los últimos 26 años (y especialmente en esta era donde las redes “sociales” son ahora el principal vehículo que transmite información), con las afinidades del entretenimiento y el espectáculo que cubren la vida superficial y la brillantina del vacío.

Esta breve anécdota triste forma parte de mi colección sobre un oficio que no se valora porque ciertos grupos elitescos quieren quitarle presencia a todo aquello que pueda ser un espacio de creación y reflexión; quieren que la gente deje de pensar y se deje llevar por los cantos de sirena que surgen de las profundidades de nuestras pantallas. Está en el entendimiento, aparentemente colectivo, de que la cultura es aquello que se consume, porque así lo ha inyectado la sociedad capitalista: todo tiene sentido si lo consumes, aun cuando sea gratis, y con más razón si lo compraste. También se trata de la cultura de la apariencia, porque no está sujeta a las raíces de las comunidades, sino que ese estilo de vida que pretende ser universal se fabrica en los subterráneos del mercado.

¿Cómo la gente no va a creer que la fuente cultural no es más que superficialidades, si lo que difunden los grandes medios de información son espectáculos cuyo contenido pierde importancia en el instante mismo en que se publica y, acaso, cuando se lee? Hay poca información difundida en los medios que nos asombre, nos revele un conocimiento y nos invite a ser partícipes en una expresión artística o tradicional. La tendencia dominante no es el periodismo que nos apoya en la formación informal, sino aquel que informa datos sin trascendencia en nuestras vidas para reforzar la mentira que vivimos como sociedad.

Sin embargo, aunque cuente esta triste historia y mis opiniones tiendan a vestirse de pesimismo, sí creo que en Venezuela existe todavía un periodismo cultural que trata de desentrañar las preocupaciones actuales de la humanidad. Este periodismo no entra en la categoría de viralidad en las redes porque no se adapta a las estructuras de la interacción automática y de la irreflexión; por ello vemos que muchas veces las publicaciones culturales de profundidad no se difunden bien por plataformas digitales. No se trata de los espectadores, sino de las herramientas que condicionan, en este caso, a sujetos como consumidores de contenidos fáciles y vacíos. Por ello pienso que es necesario —y no por nostalgia— la recuperación del formato impreso en el periodismo escrito, ya que este permite una interacción distinta: una que no distrae, sino que nos otorga la misma concentración que podríamos tener con un libro. Y esto es un aspecto fundamental dentro de la fuente cultural.

Por otro lado, en nuestro país veo cada vez más el desmantelamiento de espacios de difusión que son significativos para la vida humana —o por lo menos eso creo—, ya que no hay muchas referencias actuales que asomen un panorama satisfactorio del periodismo cultural.

Este 27 de junio se celebra el Día Nacional del Periodista, y es bueno recordar esta ramificación del oficio que se dedica a las culturas, porque se encarga de hacer consciente que la cultura venezolana existe y es de todas y todos.

Como lo expresa el escritor y periodista Armando José Sequera en su aproximación al término, en su libro Cultura y patrimonio (publicado por el Consejo Nacional de la Cultura, 2004), donde señala: “La cultura venezolana es un patrimonio de todos y no de grupos, congregaciones, partidos o personas. Es lo que nos une, lo que nos hace un solo corazón palpitando sobre el planeta Tierra” (p. 94).

En esta ocasión ya no solo es el hecho de que se denuncie que la cultura venezolana está acaparada por unos cuantos, con poder económico, sino que es necesario que todas y todos sepan que existe la cultura de nuestra querida tierra; no solo la de las expresiones de las bellas artes (tradicionalmente bajo la hegemonía de las élites), sino la de las comunidades de nuestro país, que engendran y protegen sus tradiciones y expresiones artísticas populares.

Sin embargo, a pesar de que cuento esto, muchas veces somos los periodistas culturales quienes fallamos en nuestra labor de hacer conscientes nuestras artes y tradiciones ante la población receptora.

Recuerdo que hace un tiempo, en un encuentro con cultores, cultoras y artistas de una comunidad, varios periodistas habían llegado temprano al espacio de la actividad. Ya en el lugar estaban los creadores y creadoras, bostezando, sentados y casi acostados del aburrimiento porque estaban esperando a la autoridad como si fuera una estrella de Hollywood. En ningún momento vi que algún periodista se acercara a alguno de ellos; solo esperaron con una paciencia infinita a la autoridad para tomarle mil fotos y obtener de él un discurso que se repetiría miles de veces en todos los medios.

Es así como no solo se trata de la cultura de los medios, sino también de los mismos periodistas que caemos en el error de no visibilizarque existen nuestras culturas y que hay sujetos que la crean y protegen. Ese fracaso lleva a que la práctica periodística y la información difundida sea, como resuena en mi memoria: fácil y digerible.

Sin embargo, todavía hay periodistas en Venezuela que resisten desde su trinchera de la fuente. También he visto a viejas y jóvenes generaciones que apasionadamente apartan el automatismo y se adentran en nuestras culturas, aunque suelan ser seres invisibles. Y tal vez, esa sea la belleza de su oficio.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: Archivo

NOTA: Crónica/comentario publicada originalmente en la edición 1195 de Todasadentro, 2026.


viernes, 22 de mayo de 2026

Manos que tejen y un sismo como golpe de tambor

 

Crónica sobre el velorio de la Cruz de Mayo, celebrado en Naiguatá, y su repercusión en los últimos días del mes

El sonido de los tambores y las décimas cantadas por cultores del pueblo de Naiguatá me acercaron a un patio llano con pocos asientos, cuyo balcón hacía frente al horizonte marino guaireño. El lugar estaba vacío porque toda la atención se concentró a un lado de una casa azul descamada, donde se había elevado la Cruz de Mayo, floreada con girasoles.

Me quedé mirando la línea movediza de las aguas en medio del cielo y la barriada colorida. Un suave murmullo semejante al viento hizo que girara para encontrarme con una anciana en su silla de ruedas. Sus ojos brillaban sobre los hilos entramados por una aguja y manos pacientes y calurosas. Una melodía surgía de su boca, un arrullo que la hacía sonreír mientras tejía. Repetía la variedad de cantos ofrecidos en el velorio.

Así estuvo durante toda la tarde, sonriendo en silencio mientras de fondo, jugando en la plaza de la comunidad, la risa suave de los niños inundaba el espacio.

Ese primero de mayo había amanecido con las nubes cargadas. En la tarde de ese mismo día, en Naiguatá, el cielo seguía pariendo sus nubes grises. Sin embargo, encima de ellas estaba la luz del sol calentando la humedad.

Entre el calor y la humedad, las manos de la anciana tejían las raíces de su cotidianidad. Seguramente su sonrisa aparecía tras un recuerdo por el ritmo y la melodía de la fulía ejecutada por la agrupación. Y aunque mayo había comenzado sin lluvias, la música, la poesía, la creación y la creencia cotidiana  (como por ejemplo, la de esta señora que tejía) eran el rocío para que germinara el amor por la vida.

En el momento que escribo esta crónica ya han pasado varios días desde ese inicio de mes.

Estamos terminando mayo, con días calurosos, pero con otros días de lluvia que me trasladan al mar y al susurro de Naiguatá; incluso, un breve sismo de magnitud 3.5, acontecido en La Guaira la noche del 16 de mayo y que repercutió en Caracas, me hizo recordar el golpe del tambor y su resonancia en todo mi cuerpo, como fuerza para continuar creyendo, creciendo y creando.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1191 de Todasadentro, 2026,

sábado, 31 de enero de 2026

Zombis en la sala: la interrupción del momento estético

 

Crónica sobre la fractura de la conexión con el arte, donde el celular transforma al espectador en un consumidor distraído

 

Se mueven lentamente, están casi inmóviles y con la mirada fija en un solo lugar. Son zombis, pero no como los de la película 28 años después: el templo de los huesos, que hace poco vi en la sala de cine de Galerías Paraíso. Aún no sé qué tan muertas están las personas que tienen en sus manos un smartphone —o celular inteligente— y no dejan de verlo, encandilados por la luz de las pantallas, viendo narrativas sin sentido y chistes tontos en TikTok y otras variedades que se consiguen en las redes digitales.

​Ese día, viendo el largometraje de una historia postapocalíptica, con el esfuerzo de los zombis en la gran pantalla por asustar a los espectadores, muchos no miraban sino a su celular, deslizando el dedo en el panel táctil; casi babeando, casi como si quisieran morder su propio dispositivo móvil. Un amigo, a mi lado, por desgracia ya había sido infectado por el celular. Traté de ser el último sobreviviente en la sala, aunque, rodeado de tantas pantallas, hasta comenzaba a presentar los síntomas de la infección: ver los mensajes de WhatsApp (“¿alguien me habrá escrito?, ¿qué ha publicado fulano en su estado?”).

​Rendido ante una tensión, solo eché una rápida mirada y, para reanimarme, tomé una foto a una escena de 28 años después para justificar mi pequeña distracción.

​Desde hace varios años es común ver a gente con celular en mano mientras se proyecta una película; sin embargo, cada vez es más constante y persistente. Particularmente, siento una molestia cuando alguien enciende su pantalla: es una falta de respeto ante la obra y con las personas que están atentas. Así sea la peor película del mundo, el acto más decente es retirarse de la sala y no molestar con el celular.

​Ese día recordé una parte del libro Estética e historia de las artes visuales (1948), de Bernard Berenson. Busqué de nuevo el título para leer la palabra de este lituano experto en arte; contribuyó con un concepto con el que estoy totalmente de acuerdo y se trata del “momento estético”. En sus palabras, lo define como: “Ese instante fugaz, tan breve hasta ser casi sin tiempo, cuando el espectador es un todo con la obra de arte que está contemplando, o con la realidad de cualquier género que el espectador mismo ve en términos de arte, como son la forma y el color. Cesa de ser su propio yo ordinario, y la pintura o el edificio, estatua, paisaje o realidad estética ya no están fuera de él. Ambos se convierten en una sola entidad: el tiempo y el espacio son abolidos, y el espectador está poseído de un único conocimiento”.

​Berenson explica que, en ese momento estético, el sujeto vuelve en sí con una idea que lo ilumina. En los últimos siete años del siglo XXI, lo que más ilumina al momento de estar frente a una obra de arte es el flash de una cámara celular o la pantalla de la misma frente a nuestra cara. Estamos sufriendo la interrupción del momento estético; no estamos disfrutando de las obras de arte, actuamos como consumidores que buscan la distracción fácil y rápida.

​No es casualidad que últimamente salgan debates y críticas sobre Netflix. Este servicio de streaming ha producido películas cuyas estructuras narrativas fueron forjadas de manera estratégica para que el espectador disfrute mientras revisa su celular; esto lo ha afirmado en declaraciones recientes el actor y guionista estadounidense Matt Damon en el podcast Joe Rogan Experience, según reseñó Infobae (18 de enero de 2026).

​Damon explicó que lo mejor de la película (por ejemplo, en una de acción) está en los primeros cinco minutos, donde el espectáculo requiere de la mayor parte del presupuesto. Igualmente, afirmó que los guionistas están obligados a repetir los diálogos de los personajes para que las personas estén al tanto de las tramas ante la distracción de los celulares.

​Este estado zombi no solo ocurre en las salas de cine, también cuando vemos, por ejemplo, una exposición de artes plásticas, donde las personas están más interesadas en tomarse una foto con la obra que en tomarse el suficiente tiempo para verla directamente con sus ojos; o cuando leemos un libro en formato digital, somos vulnerables a las notificaciones y mensajes que llegan al celular.

​La humanidad se está adaptando a las formas del hiperconsumo, pero está olvidando, en el mundo del arte, participar en la profundización de las creaciones.

Regresando al día que vi 28 años después… salí de la sala pensando si lo que vivimos es solo el comienzo del apocalipsis.

En las mesitas de espera frente a la taquilla de chucherías y palomitas de maíz, la horda de zombis estaba sedada por la luz de las pantallas de sus celulares. No escuché ningún comentario sobre la película. Salí hablando de 28 años después con mi amigo; aunque no me había gustado mucho el largometraje, solo hablaba para asegurarme que no estaba infectado como los demás en la sala.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

 NOTA: Crónica/ensayo publicado originalmente en la edición 1176 de Todasadentro (31 de enero de 2026).

domingo, 25 de enero de 2026

Cada bomba que cayó

 Crónica breve tras los bombardeos que conmocionaron a Venezuela

Bum, bum, bum. La explosión retumbó en la boca de un hombre, una explosión capaz de derribar una edificación. Él, un viandante cualquiera de la ciudad de Caracas,
así como otros, relataba lo vivido aquella madrugada del 3 de enero, cuando misiles lanzados por aviones estadounidenses atacaron guarniciones militares y otros espacios adyacentes en Caracas, Miranda, La Guaira y Aragua, dejando una lamentable cantidad de heridos y muertos.

 

Cada bomba que caía era un segundo suspendido en el tiempo. Fueron casi dos horas de intemperie para Venezuela, bajo un cielo teñido de naranja quemado por la primera luna llena del año 2026. El ataque se convirtió también en espectro: una voz maliciosa que se instaló en las mentes de muchos y que se exteriorizaba en la conversación y las acciones.  

 

Al amanecer, los ojos de la gente parecían platos, revisando Whatsapp y otras redes, aguardando una cadena reenviada, parte de la marejada de hiperinformación. Sin electricidad ni señal en muchos hogares, muchas pantallas no se iluminaron.

 

En mi casa recurrimos a la radio: solo se escuchaban emisoras comunitarias, mientras la música aún arrastraba el eco festivo de diciembre. Reinaba un silencio incómodo en la calle que veía desde la ventana, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, me estremeció que, tras largos discursos de analistas y sin comprender aún lo sucedido, un locutor pronunciara un hashtag que revelaba la situación: el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores.

 

Desde entonces supe que las horas siguientes no serían normales. No salí de casa, pero la calle estaba más que tranquila: vacía. Pero vi algunas personas cargando bolsas de comida. Al día siguiente, domingo 4, los mercados eran un hervidero: la gente compraba todo lo que encontraba. Colas interminables rodeaban las santamarías casi cerradas. “Dos pedacitos de carne en cinco mil bolívares. ¡Cómo se aprovechan de la situación!”, “¿Tiene pasta y arroz, señor?”, “No, se me acabó”. Escasez y precios desorbitados: un cóctel que embriagó a los caraqueños en una ciudad que había quedado noqueada.

 

El lunes 5, al salir de mi jornada de trabajo en la tarde, había más militares y policías que civiles en las calles. Los pocos transeúntes caminaban, conversaban o descansaban con una serenidad atípica en la ciudad.

 

Ya no había tanta gente haciendo compras desesperadas, pero todavía la voz maliciosa del miedo entraba en la mente de algunos. “Ayer la gente compraba mucho. En donde vivo no abrieron la carnicería, hoy voy a ver si compro algo por aquí”, decía una señora en una calle del centro.  

 

En la plaza Bolívar escuché a un hombre —quizás un bohemio sin guitarra— decir: “Ese tiene el detonador en sus manos”, refiriéndose a Donald Trump.  

Cuando me subí a un autobús, en el recorrido sonó un leve estruendo; la gente se sobresaltó y se asomó por las ventanas; resultó que era el estallido de un tubo de escape de un carro averiado.  

 

En cada esquina alguien hablaba de los muertos que dejó el atentado, de una posible nueva agresión que podía quebrar esa frágil quietud que, sin embargo, parecía una guerra que continuaba dentro de nuestra cabeza, diluida en palabras que el viento se llevaba, hasta perderse en el horizonte.  

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Ilustración: archivo

 NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1173-1174 de Todasadentro (17 de enero de 2026).

sábado, 28 de junio de 2025

¿Adónde está el periodismo cultural?

 


—Stiven, ¿en cuál departamento trabajas? ¿Eres de farándula?

—No, o sí, realmente estoy en la sección de cultura —la voz de la persona de alejó del receptor celular, y logré escuchar en la llamada: “Sí, anota ahí, es de farándula”—. No, no… ¿Aló?…

Esta breve plática anodina que tuve con un trabajador en un medio de información (que no es Todasadentro), refleja cómo el imaginario colectivo, en este caso, el venezolano, ha eliminado la figura del periodismo cultural.

Sin duda es una de las fuentes que, abordando temas de la sensibilidad, la imaginación y la creación, tiene mayor libertad expresiva, porque algunas veces abunda la literatura por encima de la falsa objetividad y la escritura gris que es norma académica en este oficio.

Sin embargo, desde hace siglos se estaba anunciando al periodismo como un arte inferior; Humberto Cuenca detalla en su libro Imagen literaria del periodismo (1961), que la crítica inicia en el Siglo de las Luces, con un Voltaire que dirigió escandalosas palabras a los redactores de gacetas, y un Jean-Jacques Rousseau que anunciaba la muerte de los periódicos en la hora del crepúsculo.

¿Qué se puede esperar, en este siglo XXI, de la opinión que se tiene del periodismo?, y peor aún, al nombrar el apellido Cultural; ¿está muerto o de parranda? ¿Dónde está?

Hace algunos años, cuando aún era estudiante de Comunicación Social, y estaba iniciando el proceso de búsqueda e investigación de mi trabajo de grado, visité la oficina de la Biblioteca Ayacucho, ubicada en el edificio Centro Financiero Latino en Caracas; en ese momento, el poeta Luis Alberto Crespo estaba por dictar uno de sus talleres sobre escritura. Le solicité inmediatamente, sin intermediarios, entrevistarlo para mi trabajo.

—¿Eres estudiante en Letras? —dijo con su voz filosa, y suavemente ronca.

—No —le respondí muy tímido, y casi tembloroso—. Estoy estudiando Comunicación Social…

—¡Qué terrible! — exclamó.

Esa fue la primera advertencia que se lanzó como un fuerte golpe hacia mi cara, y que plasmaba el panorama actual (e histórico) del impresentable oficio periodístico. Los periodistas son perseguidos por el graznido del cuervo de Edgar Allan Poe. El personaje de la obra poética El cuervo está siendo atormentado por un diablo o profeta. La predicción del pájaro es su locución enigmática: “nunca más”; algo parecido ocurre cuando hablamos de la muerte del periodismo cultural.

Parece una oración escrita en las tablas de piedra de Moisés, un mandamiento que es obedecido por las industrias de la información. “Periodismo cultural: ¡nunca más!”.

El poeta Gustavo Pereira declaró en el 2022, para un medio del Estado venezolano, que en los periódicos no hay páginas para las expresiones artísticas, y cuando hay secciones de cultura, solo colocan informaciones de entretenimiento.

Los medios de información privados y públicos en Venezuela, no parecen tener mucho interés en tocar este asunto.

Hay quienes se rasgan las vestiduras gritando consignas revolucionarias y haciendo un llamado a viralizar en las redes digitales, como si las expresiones artísticas y tradicionales fuesen un virus (puesto que sí lo son los contenidos de farándula y otras bufonadas de famosos, influencers, y políticos mediocres).

Parafraseando a Eduardo Galeano: la cultura del capitalismo es del consumo, de lo efímero. Un ejemplo concreto es lo que sucede en las redes digitales: la hiperinformación/desinformación, el hábito de desplazar reels en Instagram o vídeos de TikTok sin llegar a nada, sino al vacío.

Los medios de información, los alineados con un sistema que privilegia al mercado por encima de lo humano, o los que solo defienden el poder a toda costa, no les conviene una sociedad que lea, que se descubra y deslumbre con palabras que exploren su identidad, su historia y cultura. Quieren a sujetos sin memoria, y sin pensamiento crítico, quieren a sujetos subyugados a la viralidad, y a la dictadura de la información impuesta.

A más de una persona he escuchado decir que ya no lee periódicos, “me informo deslizando reels (videos cortos) en las redes, pero no termino viendo nada”.  Los pocos periódicos impresos que hay en Venezuela se quedan en los kioscos, para ser vendidos al día siguiente de su publicación, como papel para limpiar las impurezas de las mascotas.

Los medios que distribuyen de forma impresa y los digitales que existen en el país, propagan el periodismo de entretenimiento; forma parte de la cultura del consumo. Estos medios no le dan importancia a los hechos culturales que surgen de colectividades o personajes casi desconocidos (porque históricamente fueron velados por la modernidad) para la población, sino que prefieren publicar lo conocido, lo pop, la tendencia, y lo políticamente conveniente.

Si en el siglo XX, el periodismo cultural venezolano (como el suplemento Papel Literario de El Nacional, que todavía sigue circulando; la revista Élite, y otras más) estaba dirigido principalmente a privilegiar las bellas artes, y la cultura burguesa, hoy día la situación es más radical: los medios de información apuñalan esta fuente para que no sean conocidas las culturas, y para que no ocurra la finalidad (consciente o inconsciente) de artistas, creadores y cultores, que es provocar las transformaciones y la toma de conciencia.

¿Para qué guardar un periódico (digital o impreso) si todo el contenido que tiene pierde su vigencia al día siguiente? Tal vez la sección cultural potencia la probabilidad de trascendencia de un periódico, porque ahí se registra la interpretación de sujetos que reflejan al mundo a través de sus obras.  

¿Adónde está el periodismo cultural? Pocos son los espacios para esta fuente, y menos aún los que intentan una acción reivindicativa a favor de los pueblos, mostrando la belleza y el corazón de expresiones individuales y colectivas, como lo hace este semanario Todasadentro, que es constante ante los obstáculos impuestos, y que lucha por sostenerse en su formato digital ante la ausencia de papel.

 

Hay gente que me ha comentado que recuerda con afecto los ejemplares en papel de Todasadentro. “No solamente por la belleza de su diseño y su colorido, también por los artículos que hay. Yo tengo varios números guardados en mi biblioteca”.  

Recuerdo que hace un par de años, un fotógrafo que es muy activo en varios medios e instituciones culturales públicas, me dijo:

—¡Chamo, tú eres un periodista cultural! Casi nadie hace eso; en Venezuela es prácticamente inexistente, se cuentan con los dedos de una sola mano. Y hay tantas cosas por mostrar.

 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Foto: SRV/ Imagen generada por IA


 NOTA: Crónica/ensayo publicado originalmente en la edición 1147 de Todasadentro (28 de junio de 2025).

viernes, 16 de mayo de 2025

Un pasajero que quiere volver a la selva



Autor: Stiven Rodríguez Volcán

      Foto: SRV

  Mi familia me quiere matar...

 Hacía calor, el sudor le estaba bajando por la frente, deslizándose por las tres arrugas hasta desembocar en la nariz. Bebía aguardiente, y cada vez que lo hacía se tomaba un buche de aire para estar, brevemente, en silencio.

 Su compañero de viaje, un hombre sonriente y de menor estatura, miraba hacia los lados advirtiendo cada uno de los rostros que estaban próximos.

Me quieren matar —reiteró, con una expresión muy amarga que se veía en su boca abierta, distinguiéndose pocos dientes en la mandíbula inferior—. Quieren mi dinero. Pero tengo que volver, allá está mi ropa, y todo lo que tengo.

 El tren del Metro se detuvo por unos minutos. Ingresó bastante gente que se amontonaba alrededor del hombre de flux gamuzado; era de esas personas que aparentan tener menor edad de la que tienen; su camisa de rayadas estaba tan arrugada que se encorvó creando una gran cavidad vacía. A cada minuto se agachaba para sacar y guardar un frasco plástico de Gatorade que, al abrirlo, desprendía el fuerte olor del licor.

 Movía sus manos gruesas, formando una masa de aire frente a la cara del compañero. “Miles y miles de zancudos, una cosa terrible. Y no solo eso, también hay ácaros. Uno se tiene que lanzar al agua para estar en paz”, decía, y su cuerpo entraba a otra realidad, viraba a ese ambiente que describía. “En la hacienda hay muchos animales: cochinos, gallinas, y cabras... Allá en Belén todo es monte. Me han mordido varias serpientes, pero yo también las he devorado”.

Repetía varias veces la palabra Belén, esa localidad ubicada en el estado Carabobo. Indicaba ser caraqueño, aunque su acento extraño (marcado por la bebida) y fisionomía aguileña, contrastaba con su afirmación. Sacó su cédula de identidad(“es nueva. Me dijeron: ‘señor, ¿por qué no se corta ese cabello para hacer la foto?’ Yo le respondí que aquí —y sujetó su cabeza— está mi fuerza, es la melena de Sansón”), la expuso como una obra de arte ante la mirada de todos, y la guardó cuidadosamente en su cartera.

Hablaba de su fuerza como de su palabra (“son de hierro; nadie me puede someter. Si mi esposa y mis hijos mayores no me quieren, ¡yo tampoco! Son ingratos; y aquí, en la ciudad, el amor es perecedero”). Un movimiento incoherente pero lleno de fuerza se apoderó de sus piernas, pisando con potencia el suelo. 

Carcajeó áspero, por unos segundos, luego volvió a tomar aguardiente, y el trago le revolvió la memoria. “Pero no puedo seguir, Caracas me va a devorar. ‘Adiós, Cheo’, dirán”, y con el dedo índice imitó la hoja de un cuchillo que pasaba por su cuello. “Dormir en estas calles es arrecho, es otra selva. Aquí el machete no hace nada frente a una pistola”, comentó.

 El tren se detuvo y tragó todas las palabras, hasta desplazarlas en el suelo junto a los desechos de las chucherías. La pausa en la estación desairó al hombre que, aunque no dejaba de hablar, expulsaba frases breves. 

Sus pequeños ojos se volvieron aún más diminutos, pero una luz en el interior los hacía distinguibles. Tardaba en sacar la mano del flux; se podía especular que guardaba algo importante o dudaba en sacarlo. 

   ¿Sabes qué me hace volver a esa selva? — le dijo a su compañero. Como no respondió, continuó—. Es lo que le dará sentido a mi vida y lo que me salvará después de la muerte. Allá tengo un tesoro que debo recuperar.


 Y de sus manos surgió, poco a poco, la foto de una bebé, guardada en su celular.
 

     ¿Es de tu mujer?—le preguntó el hombrecito sonriente.

    No. De otra.

   NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1141 de Todasadentro (17 de mayo de 2025).