sábado, 20 de junio de 2026

De la ruina al soplo vital de la materia pictórica de Cristóbal Rojas

El pintor mirandino profundizó en la psicología de sus personajes y los espacios 

 

Desde joven se fijó en el hundimiento de la materia, lo aparentemente carente y ese conflicto entre la salud y la enfermedad, pero también en el hálito de vida y su espíritu inmortal.

Cristóbal Rojas (15 de diciembre de 1858 – 8 de noviembre de 1890), fue uno de los más destacados pintores venezolanos del siglo XIX. Una de sus pinturas más populares, La miseria (1886) —óleo sobre tela de 180,5×222 cm, que en este año 2026 cumple 140 años de su creación—, es una de las piezas más representativas de las obsesiones de este creador que nació en Cúa, estado Miranda.

En su Autorretrato (1887) lo vemos con una mirada hacia nosotros, espectador del drama humano, pero con una posición de perfil, ligeramente de espaldas, con el rostro en la misma dirección de su hombro; como si fuera un sujeto que no está dispuesto a ignorar la realidad, aun cuando sea desde la posición del arte.

 Juan Calzadilla, poeta y crítico, dijo en el libro Cristóbal Rojas (1978) que el artista le imprimió a La miseria una contundencia y vitalidad a la materia casi escultórica (p.29). Y fue más allá, en el ensayo Compendio visual de las artes plásticas en Venezuela (1982),  al manifestar que este pintor venezolano retrató “el drama humano, pero aún más: un pintor de la intimidad sobrecogida, en la que el ambiente, los objetos, la atmósfera, el detalle sutil y la luz, sobre todo, se combinan para un lograr el clima psicológico buscado”  (p.30).

En La miseria, ese personaje de un obrero rendido ante la muerte de su esposa en una cama, dentro de un cuarto que parece la materialización de una mente deprimida, también se repite en distintas situaciones; como por ejemplo, en las obras El violinista enfermo (1886) y Primera y última comunión (1886).

Sin embargo, en la pintura Ruinas de Cúa después del terremoto de 1877 (1882), a manera de crónica visual, ese realismo que figura los escombros ya era un signo espiritual que plasmaría el artista en sus personajes.

Tras La miseria y la Mención de Honor en el Salón Oficial de París (1886) que recibió por este título, Rojas tocaría temas literarios y relacionados con lo divino, sin dejar el claroscuro llegó a tonalidades más claras, como en El purgatorio (1890).

Pero más allá de las obras monumentales, están aquellas que abren al ser humano, como si en esa recreación pictórica el creador intentara que el alma humana se fugue por los agujeros de la carne. Y estas son sus piezas Torso de estudio (1885) y Brazo (1885). Donde la vida solo es un aliento trazado para figurar la piel, y donde la pintura fusiona lo material y lo psicológico como un acto sagrado.

Rojas falleció a los 32 años de tuberculosis. Todavía seguía siendo un joven creador que, en poco tiempo, se consolidó y logró una madurez increíble en el naturalismo pictórico. 

La enfermedad llegó a su cuerpo provocando la miseria de la carne, sin embargo, su aliento de vida quedó inmortalizado en las pocas pero grandes pinturas que creó.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: Artículo publicada originalmente en la edición 1195 de Todasadentro, 2026.

Periodismo cultural: un oficio que no parece importante


Crónica y comentario sobre el periodismo cultural venezolano

Cada vez que hablo sobre el periodismo cultural parece que estoy encarnando un meme de antaño del viejísimo programa “Mujer, casos de la vida real”, conducido por Silvia Pinal, cuando decía la contundente frase: “Acompáñame a ver esta triste historia”. La cosa comienza así: en una conversación fortuita con una colega, en la que hablábamos de su “peregrinar” en la fuente política, se me ocurrió comentar: “Qué bueno que estoy en cultura, no me gusta otra fuente”. Un silencio se dilató en pocos segundos, hasta que ella pronunció: “Sí, es que la fuente cultural es fácil. Se hacen contenidos fáciles de digerir”.

Por un momento me sentí noqueado, porque admitía la dificultad y rigurosidad de su área. Sin embargo, su pensamiento reflejaba más que una banalidad: el retrato de una característica cada vez más dominante en los medios de información. El periodismo cultural “no es importante”, ya que su nombre ha tenido que cargar, sobre todo desde los últimos 26 años (y especialmente en esta era donde las redes “sociales” son ahora el principal vehículo que transmite información), con las afinidades del entretenimiento y el espectáculo que cubren la vida superficial y la brillantina del vacío.

Esta breve anécdota triste forma parte de mi colección sobre un oficio que no se valora porque ciertos grupos elitescos quieren quitarle presencia a todo aquello que pueda ser un espacio de creación y reflexión; quieren que la gente deje de pensar y se deje llevar por los cantos de sirena que surgen de las profundidades de nuestras pantallas. Está en el entendimiento, aparentemente colectivo, de que la cultura es aquello que se consume, porque así lo ha inyectado la sociedad capitalista: todo tiene sentido si lo consumes, aun cuando sea gratis, y con más razón si lo compraste. También se trata de la cultura de la apariencia, porque no está sujeta a las raíces de las comunidades, sino que ese estilo de vida que pretende ser universal se fabrica en los subterráneos del mercado.

¿Cómo la gente no va a creer que la fuente cultural no es más que superficialidades, si lo que difunden los grandes medios de información son espectáculos cuyo contenido pierde importancia en el instante mismo en que se publica y, acaso, cuando se lee? Hay poca información difundida en los medios que nos asombre, nos revele un conocimiento y nos invite a ser partícipes en una expresión artística o tradicional. La tendencia dominante no es el periodismo que nos apoya en la formación informal, sino aquel que informa datos sin trascendencia en nuestras vidas para reforzar la mentira que vivimos como sociedad.

Sin embargo, aunque cuente esta triste historia y mis opiniones tiendan a vestirse de pesimismo, sí creo que en Venezuela existe todavía un periodismo cultural que trata de desentrañar las preocupaciones actuales de la humanidad. Este periodismo no entra en la categoría de viralidad en las redes porque no se adapta a las estructuras de la interacción automática y de la irreflexión; por ello vemos que muchas veces las publicaciones culturales de profundidad no se difunden bien por plataformas digitales. No se trata de los espectadores, sino de las herramientas que condicionan, en este caso, a sujetos como consumidores de contenidos fáciles y vacíos. Por ello pienso que es necesario —y no por nostalgia— la recuperación del formato impreso en el periodismo escrito, ya que este permite una interacción distinta: una que no distrae, sino que nos otorga la misma concentración que podríamos tener con un libro. Y esto es un aspecto fundamental dentro de la fuente cultural.

Por otro lado, en nuestro país veo cada vez más el desmantelamiento de espacios de difusión que son significativos para la vida humana —o por lo menos eso creo—, ya que no hay muchas referencias actuales que asomen un panorama satisfactorio del periodismo cultural.

Este 27 de junio se celebra el Día Nacional del Periodista, y es bueno recordar esta ramificación del oficio que se dedica a las culturas, porque se encarga de hacer consciente que la cultura venezolana existe y es de todas y todos.

Como lo expresa el escritor y periodista Armando José Sequera en su aproximación al término, en su libro Cultura y patrimonio (publicado por el Consejo Nacional de la Cultura, 2004), donde señala: “La cultura venezolana es un patrimonio de todos y no de grupos, congregaciones, partidos o personas. Es lo que nos une, lo que nos hace un solo corazón palpitando sobre el planeta Tierra” (p. 94).

En esta ocasión ya no solo es el hecho de que se denuncie que la cultura venezolana está acaparada por unos cuantos, con poder económico, sino que es necesario que todas y todos sepan que existe la cultura de nuestra querida tierra; no solo la de las expresiones de las bellas artes (tradicionalmente bajo la hegemonía de las élites), sino la de las comunidades de nuestro país, que engendran y protegen sus tradiciones y expresiones artísticas populares.

Sin embargo, a pesar de que cuento esto, muchas veces somos los periodistas culturales quienes fallamos en nuestra labor de hacer conscientes nuestras artes y tradiciones ante la población receptora.

Recuerdo que hace un tiempo, en un encuentro con cultores, cultoras y artistas de una comunidad, varios periodistas habían llegado temprano al espacio de la actividad. Ya en el lugar estaban los creadores y creadoras, bostezando, sentados y casi acostados del aburrimiento porque estaban esperando a la autoridad como si fuera una estrella de Hollywood. En ningún momento vi que algún periodista se acercara a alguno de ellos; solo esperaron con una paciencia infinita a la autoridad para tomarle mil fotos y obtener de él un discurso que se repetiría miles de veces en todos los medios.

Es así como no solo se trata de la cultura de los medios, sino también de los mismos periodistas que caemos en el error de no visibilizarque existen nuestras culturas y que hay sujetos que la crean y protegen. Ese fracaso lleva a que la práctica periodística y la información difundida sea, como resuena en mi memoria: fácil y digerible.

Sin embargo, todavía hay periodistas en Venezuela que resisten desde su trinchera de la fuente. También he visto a viejas y jóvenes generaciones que apasionadamente apartan el automatismo y se adentran en nuestras culturas, aunque suelan ser seres invisibles. Y tal vez, esa sea la belleza de su oficio.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: Archivo

NOTA: Crónica/comentario publicada originalmente en la edición 1195 de Todasadentro, 2026.


sábado, 6 de junio de 2026

Opinión de "Golpes de pala" (2016), de Juan Calzadilla

 



Atestiguar al ciudadano quebrado 

En nuestro siglo las ciudades cada día son más sólidas. Los selladores asfálticos tapan sus grietas, pero las de los ciudadanos, los sujetos que caminan sobre ellas, quedan con las heridas abiertas, sobre todo con las hendiduras espirituales. Esto lo retrata el poeta Juan Calzadilla en el libro Golpes de pala (2016).

Sus poemas en prosa tienen la sentencia del aforismo. Atestiguamos al ciudadano quebrado, su naturaleza, sus contradicciones y su manera de adaptarse y de ser en el mundo.

La poética exacta de Calzadilla exhibe a la ciudad como un monstruo que no nos suelta, pero también como un espacio donde podemos descubrirnos en medio de las mentiras y los vacíos.

En los poemas Postal 1 y Postal 2,la mirada del poeta exhibe un acto cotidiano: todo ocurre en una parte de la ciudad dividida por un puente, y la de alguien en la ventana de un edificio, ajeno a la rutina, pero tan cerca de lanzarse desde el piso. Su palabra se dirige a nosotros como lectores, nos introduce en el mundo real.

En La piedra y los perros nos propone repensar las aspiraciones del ciudadano, cuando dice: “De allí que me impusiera como meta no tener meta alguna, saltando los obstáculos para continuar fuera de la Ley” (p.17).

Aunque parece describir a un personaje fracasado, en realidad revela a uno cuya naturaleza citadina comprende su entorno y se deja llevar por la caída; va a contracorriente.

En varias ocasiones podemos entender que la voz poética dice: “no sé a dónde voy”, como una especie de mantra para solventar los enredos de una ciudad.

En el poema Fragmentarista de mí mismo, leemos a un sujeto que expresa: “no puedo dejar de ser yo mismo” (p. 22), pero, sin embargo, los hechos lo empujan a ser fragmentario: la supervivencia le impide ser un todo. La cotidianidad de las sociedades contemporáneas divide al sujeto: las partes de su cuerpo (con sus funciones para el trabajo, según cada oficio), e incluso la división entre cuerpo, mente y alma.

El tema del suicidio es una constante, pero que va más allá del fatalismo y la decadencia, es un designio espiritual, cómo lo expresa en La vara ciega: “verifico la probabilidad de efectuar el santo dentro de mí mismo” (p.25).

 Vida y obra

En Altagracia de Orituco, estado Guárico, nació Juan Calzadilla (1930-2025). Fue una figura fundamental del arte y la literatura en Venezuela. Cofundador del grupo vanguardista El Techo de la Ballena en los años sesenta, destacó como poeta, dibujante, ensayista y crítico. Su propuesta plástica fusionó la escritura con formas caligráficas gestuales. Recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas y el de Literatura. Es uno de los autores fundamentales para conocer la poética de la ciudad. Para la escritura de este artículo leí Golpes de pala, publicado por la editorial El Perro y la Rana. 

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: publicado originalmente en la edición 1193 de Todasadentro, 2026, sección "Librolatría".