viernes, 22 de mayo de 2026

Manos que tejen y un sismo como golpe de tambor

 

Crónica sobre el velorio de la Cruz de Mayo, celebrado en Naiguatá, y su repercusión en los últimos días del mes

El sonido de los tambores y las décimas cantadas por cultores del pueblo de Naiguatá me acercaron a un patio llano con pocos asientos, cuyo balcón hacía frente al horizonte marino guaireño. El lugar estaba vacío porque toda la atención se concentró a un lado de una casa azul descamada, donde se había elevado la Cruz de Mayo, floreada con girasoles.

Me quedé mirando la línea movediza de las aguas en medio del cielo y la barriada colorida. Un suave murmullo semejante al viento hizo que girara para encontrarme con una anciana en su silla de ruedas. Sus ojos brillaban sobre los hilos entramados por una aguja y manos pacientes y calurosas. Una melodía surgía de su boca, un arrullo que la hacía sonreír mientras tejía. Repetía la variedad de cantos ofrecidos en el velorio.

Así estuvo durante toda la tarde, sonriendo en silencio mientras de fondo, jugando en la plaza de la comunidad, la risa suave de los niños inundaba el espacio.

Ese primero de mayo había amanecido con las nubes cargadas. En la tarde de ese mismo día, en Naiguatá, el cielo seguía pariendo sus nubes grises. Sin embargo, encima de ellas estaba la luz del sol calentando la humedad.

Entre el calor y la humedad, las manos de la anciana tejían las raíces de su cotidianidad. Seguramente su sonrisa aparecía tras un recuerdo por el ritmo y la melodía de la fulía ejecutada por la agrupación. Y aunque mayo había comenzado sin lluvias, la música, la poesía, la creación y la creencia cotidiana  (como por ejemplo, la de esta señora que tejía) eran el rocío para que germinara el amor por la vida.

En el momento que escribo esta crónica ya han pasado varios días desde ese inicio de mes.

Estamos terminando mayo, con días calurosos, pero con otros días de lluvia que me trasladan al mar y al susurro de Naiguatá; incluso, un breve sismo de magnitud 3.5, acontecido en La Guaira la noche del 16 de mayo y que repercutió en Caracas, me hizo recordar el golpe del tambor y su resonancia en todo mi cuerpo, como fuerza para continuar creyendo, creciendo y creando.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: archivo

NOTA: Crónica publicada originalmente en la edición 1191 de Todasadentro, 2026,