sábado, 20 de junio de 2026

Periodismo cultural: un oficio que no parece importante


Crónica y comentario sobre el periodismo cultural venezolano

Cada vez que hablo sobre el periodismo cultural parece que estoy encarnando un meme de antaño del viejísimo programa “Mujer, casos de la vida real”, conducido por Silvia Pinal, cuando decía la contundente frase: “Acompáñame a ver esta triste historia”. La cosa comienza así: en una conversación fortuita con una colega, en la que hablábamos de su “peregrinar” en la fuente política, se me ocurrió comentar: “Qué bueno que estoy en cultura, no me gusta otra fuente”. Un silencio se dilató en pocos segundos, hasta que ella pronunció: “Sí, es que la fuente cultural es fácil. Se hacen contenidos fáciles de digerir”.

Por un momento me sentí noqueado, porque admitía la dificultad y rigurosidad de su área. Sin embargo, su pensamiento reflejaba más que una banalidad: el retrato de una característica cada vez más dominante en los medios de información. El periodismo cultural “no es importante”, ya que su nombre ha tenido que cargar, sobre todo desde los últimos 26 años (y especialmente en esta era donde las redes “sociales” son ahora el principal vehículo que transmite información), con las afinidades del entretenimiento y el espectáculo que cubren la vida superficial y la brillantina del vacío.

Esta breve anécdota triste forma parte de mi colección sobre un oficio que no se valora porque ciertos grupos elitescos quieren quitarle presencia a todo aquello que pueda ser un espacio de creación y reflexión; quieren que la gente deje de pensar y se deje llevar por los cantos de sirena que surgen de las profundidades de nuestras pantallas. Está en el entendimiento, aparentemente colectivo, de que la cultura es aquello que se consume, porque así lo ha inyectado la sociedad capitalista: todo tiene sentido si lo consumes, aun cuando sea gratis, y con más razón si lo compraste. También se trata de la cultura de la apariencia, porque no está sujeta a las raíces de las comunidades, sino que ese estilo de vida que pretende ser universal se fabrica en los subterráneos del mercado.

¿Cómo la gente no va a creer que la fuente cultural no es más que superficialidades, si lo que difunden los grandes medios de información son espectáculos cuyo contenido pierde importancia en el instante mismo en que se publica y, acaso, cuando se lee? Hay poca información difundida en los medios que nos asombre, nos revele un conocimiento y nos invite a ser partícipes en una expresión artística o tradicional. La tendencia dominante no es el periodismo que nos apoya en la formación informal, sino aquel que informa datos sin trascendencia en nuestras vidas para reforzar la mentira que vivimos como sociedad.

Sin embargo, aunque cuente esta triste historia y mis opiniones tiendan a vestirse de pesimismo, sí creo que en Venezuela existe todavía un periodismo cultural que trata de desentrañar las preocupaciones actuales de la humanidad. Este periodismo no entra en la categoría de viralidad en las redes porque no se adapta a las estructuras de la interacción automática y de la irreflexión; por ello vemos que muchas veces las publicaciones culturales de profundidad no se difunden bien por plataformas digitales. No se trata de los espectadores, sino de las herramientas que condicionan, en este caso, a sujetos como consumidores de contenidos fáciles y vacíos. Por ello pienso que es necesario —y no por nostalgia— la recuperación del formato impreso en el periodismo escrito, ya que este permite una interacción distinta: una que no distrae, sino que nos otorga la misma concentración que podríamos tener con un libro. Y esto es un aspecto fundamental dentro de la fuente cultural.

Por otro lado, en nuestro país veo cada vez más el desmantelamiento de espacios de difusión que son significativos para la vida humana —o por lo menos eso creo—, ya que no hay muchas referencias actuales que asomen un panorama satisfactorio del periodismo cultural.

Este 27 de junio se celebra el Día Nacional del Periodista, y es bueno recordar esta ramificación del oficio que se dedica a las culturas, porque se encarga de hacer consciente que la cultura venezolana existe y es de todas y todos.

Como lo expresa el escritor y periodista Armando José Sequera en su aproximación al término, en su libro Cultura y patrimonio (publicado por el Consejo Nacional de la Cultura, 2004), donde señala: “La cultura venezolana es un patrimonio de todos y no de grupos, congregaciones, partidos o personas. Es lo que nos une, lo que nos hace un solo corazón palpitando sobre el planeta Tierra” (p. 94).

En esta ocasión ya no solo es el hecho de que se denuncie que la cultura venezolana está acaparada por unos cuantos, con poder económico, sino que es necesario que todas y todos sepan que existe la cultura de nuestra querida tierra; no solo la de las expresiones de las bellas artes (tradicionalmente bajo la hegemonía de las élites), sino la de las comunidades de nuestro país, que engendran y protegen sus tradiciones y expresiones artísticas populares.

Sin embargo, a pesar de que cuento esto, muchas veces somos los periodistas culturales quienes fallamos en nuestra labor de hacer conscientes nuestras artes y tradiciones ante la población receptora.

Recuerdo que hace un tiempo, en un encuentro con cultores, cultoras y artistas de una comunidad, varios periodistas habían llegado temprano al espacio de la actividad. Ya en el lugar estaban los creadores y creadoras, bostezando, sentados y casi acostados del aburrimiento porque estaban esperando a la autoridad como si fuera una estrella de Hollywood. En ningún momento vi que algún periodista se acercara a alguno de ellos; solo esperaron con una paciencia infinita a la autoridad para tomarle mil fotos y obtener de él un discurso que se repetiría miles de veces en todos los medios.

Es así como no solo se trata de la cultura de los medios, sino también de los mismos periodistas que caemos en el error de no visibilizarque existen nuestras culturas y que hay sujetos que la crean y protegen. Ese fracaso lleva a que la práctica periodística y la información difundida sea, como resuena en mi memoria: fácil y digerible.

Sin embargo, todavía hay periodistas en Venezuela que resisten desde su trinchera de la fuente. También he visto a viejas y jóvenes generaciones que apasionadamente apartan el automatismo y se adentran en nuestras culturas, aunque suelan ser seres invisibles. Y tal vez, esa sea la belleza de su oficio.

Stiven Rodríguez Volcán/ Caracas

Imagen: Archivo

NOTA: Crónica/comentario publicada originalmente en la edición 1195 de Todasadentro, 2026.