Crónica y comentario sobre el periodismo cultural venezolano
Cada
vez que hablo sobre el periodismo cultural parece que estoy encarnando un meme
de antaño del viejísimo programa “Mujer, casos de la vida real”, conducido por
Silvia Pinal, cuando decía la contundente frase: “Acompáñame a ver esta triste
historia”. La cosa comienza así: en una conversación fortuita con una colega,
en la que hablábamos de su “peregrinar” en la fuente política, se me ocurrió
comentar: “Qué bueno que estoy en cultura, no me gusta otra fuente”. Un
silencio se dilató en pocos segundos, hasta que ella pronunció: “Sí, es que la
fuente cultural es fácil. Se hacen contenidos fáciles de digerir”.
Por
un momento me sentí noqueado, porque admitía la dificultad y rigurosidad de su
área. Sin embargo, su pensamiento reflejaba más que una banalidad: el retrato
de una característica cada vez más dominante en los medios de información. El
periodismo cultural “no es importante”, ya que su nombre ha tenido que cargar,
sobre todo desde los últimos 26 años (y especialmente en esta era donde las
redes “sociales” son ahora el principal vehículo que transmite información),
con las afinidades del entretenimiento y el espectáculo que cubren la vida
superficial y la brillantina del vacío.
Esta
breve anécdota triste forma parte de mi colección sobre un oficio que no se
valora porque ciertos grupos elitescos quieren quitarle presencia a todo
aquello que pueda ser un espacio de creación y reflexión; quieren que la gente
deje de pensar y se deje llevar por los cantos de sirena que surgen de las
profundidades de nuestras pantallas. Está en el entendimiento, aparentemente
colectivo, de que la cultura es aquello que se consume, porque así lo ha
inyectado la sociedad capitalista: todo tiene sentido si lo consumes, aun
cuando sea gratis, y con más razón si lo compraste. También se trata de la
cultura de la apariencia, porque no está sujeta a las raíces de las
comunidades, sino que ese estilo de vida que pretende ser universal se fabrica
en los subterráneos del mercado.
¿Cómo
la gente no va a creer que la fuente cultural no es más que superficialidades,
si lo que difunden los grandes medios de información son espectáculos cuyo
contenido pierde importancia en el instante mismo en que se publica y, acaso,
cuando se lee? Hay poca información difundida en los medios que nos asombre, nos
revele un conocimiento y nos invite a ser partícipes en una expresión artística
o tradicional. La tendencia dominante no es el periodismo que nos apoya en la
formación informal, sino aquel que informa datos sin trascendencia en nuestras
vidas para reforzar la mentira que vivimos como sociedad.
Sin
embargo, aunque cuente esta triste historia y mis opiniones tiendan a vestirse
de pesimismo, sí creo que en Venezuela existe todavía un periodismo cultural
que trata de desentrañar las preocupaciones actuales de la humanidad. Este
periodismo no entra en la categoría de viralidad en las redes porque no se
adapta a las estructuras de la interacción automática y de la irreflexión; por
ello vemos que muchas veces las publicaciones culturales de profundidad no se difunden
bien por plataformas digitales. No se trata de los espectadores, sino de las
herramientas que condicionan, en este caso, a sujetos como consumidores de
contenidos fáciles y vacíos. Por ello pienso que es necesario —y no por
nostalgia— la recuperación del formato impreso en el periodismo escrito, ya que
este permite una interacción distinta: una que no distrae, sino que nos otorga
la misma concentración que podríamos tener con un libro. Y esto es un aspecto
fundamental dentro de la fuente cultural.
Por
otro lado, en nuestro país veo cada vez más el desmantelamiento de espacios de
difusión que son significativos para la vida humana —o por lo menos eso creo—,
ya que no hay muchas referencias actuales que asomen un panorama satisfactorio
del periodismo cultural.
Este
27 de junio se celebra el Día Nacional del Periodista, y es bueno recordar esta
ramificación del oficio que se dedica a las culturas, porque se encarga de
hacer consciente que la cultura venezolana existe y es de todas y todos.
Como
lo expresa el escritor y periodista Armando José Sequera en su aproximación al
término, en su libro Cultura y patrimonio (publicado por el Consejo
Nacional de la Cultura, 2004), donde señala: “La cultura venezolana es un
patrimonio de todos y no de grupos, congregaciones, partidos o personas. Es lo
que nos une, lo que nos hace un solo corazón palpitando sobre el planeta
Tierra” (p. 94).
En
esta ocasión ya no solo es el hecho de que se denuncie que la cultura
venezolana está acaparada por unos cuantos, con poder económico, sino que es
necesario que todas y todos sepan que existe la cultura de nuestra querida
tierra; no solo la de las expresiones de las bellas artes (tradicionalmente
bajo la hegemonía de las élites), sino la de las comunidades de nuestro país,
que engendran y protegen sus tradiciones y expresiones artísticas populares.
Sin
embargo, a pesar de que cuento esto, muchas veces somos los periodistas
culturales quienes fallamos en nuestra labor de hacer conscientes nuestras
artes y tradiciones ante la población receptora.
Recuerdo
que hace un tiempo, en un encuentro con cultores, cultoras y artistas de una
comunidad, varios periodistas habían llegado temprano al espacio de la
actividad. Ya en el lugar estaban los creadores y creadoras, bostezando,
sentados y casi acostados del aburrimiento porque estaban esperando a la
autoridad como si fuera una estrella de Hollywood. En ningún momento vi que
algún periodista se acercara a alguno de ellos; solo esperaron con una
paciencia infinita a la autoridad para tomarle mil fotos y obtener de él un
discurso que se repetiría miles de veces en todos los medios.
Es
así como no solo se trata de la cultura de los medios, sino también de los
mismos periodistas que caemos en el error de no visibilizarque existen nuestras
culturas y que hay sujetos que la crean y protegen. Ese fracaso lleva a que la
práctica periodística y la información difundida sea, como resuena en mi
memoria: fácil y digerible.
Sin
embargo, todavía hay periodistas en Venezuela que resisten desde su trinchera de
la fuente. También he visto a viejas y jóvenes generaciones que apasionadamente
apartan el automatismo y se adentran en nuestras culturas, aunque suelan ser
seres invisibles. Y tal vez, esa sea la belleza de su oficio.
Stiven
Rodríguez Volcán/ Caracas
Imagen:
Archivo
NOTA: Crónica/comentario publicada originalmente en la edición 1195 de Todasadentro, 2026.
